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La corrupción, la impunidad, la inseguridad ciudadana, la brecha social y la incuria política son, entre otros, invasores tan nocivos como lo fueron los filibusteros en su momento

Los nuevos enemigos

Hoy hace 155 años, la libertad de Centroamérica fue abonada con la sangre que nuestro Héroe Nacional, Juan Santamaría, derramó en aquel bienaventurado suelo de Rivas, de Nicaragua.
El acto heroico de nuestro “Erizo” no solo marcó la derrota a las hordas del norte, sino además la génesis de nuestra identidad nacional.
Juan Santamaría simboliza esa singularidad que ha caracterizado en el tiempo y el espacio al ser costarricense.
La figura del Héroe encarna, a la vez, una pléyade de valores que fulguran en la Gesta Heroica de 1856, como los hermanos Mora, el general Cañas, Francisca Carrasco y tantos otros personajes, ancianos, mujeres y jóvenes que sacrificaron su vida por socorrer a la Patria en peligro.
Esa identidad nacional es la misma que nos ha llevado a través de los años a construirnos una patria sin esclavitud, sin pena de muerte ni ejército.
Pero hoy, también acechan al país nuevos enemigos. La corrupción, la impunidad, la inseguridad ciudadana, la brecha social y la incuria política son, entre otros, invasores tan nocivos como lo fueron los filibusteros en su momento. Nuevos peligros estos, que también comprometen la supervivencia del genio costarricense en el planeta.
De nada vale a una persona ser heredera de una idiosincrasia rica en libertad y civilismo, si no actúa en concordancia con ella. Tampoco merece alguien ser condenado por nacer en un país de historia indeseada si opta en contra de tales lacras.
El costarricense de hoy tiene el deber de mantener viva la flama del Tamborcillo alajuelense. No tiene sentido que un pueblo entero se transfiera generación tras generación una tea con la llama apagada.
La encomiable decisión del soldado Juan nos enseña que debemos asumir lo que el momento nos exige para el bien de Costa Rica. Que la existencia nos exhorta a ejercer nuestro libre albedrío, y no a someternos ciegamente a un destino velado o manifiesto que se nos predetermina inexorablemente.
Solo así seremos, más que ciudadanos valerosos, personas libres, responsables y dignas. Esa es la carga que cada costarricense debe llevar.
Por eso, los programas de educación nacionales tienen que rescatar los valores que encarnan nuestros héroes, como el respeto al prójimo, la solidaridad, la tenacidad y la preocupación por salvaguardar nuestra herencia ya sea ecológica, política o económica.
Así, cada costarricense será otro soldado Juan en la edificación de una patria y un mundo mejores.
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