Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 22 Mayo, 2013

Me cuesta entender que haya quienes desde el partido oficial, la oposición parlamentaria y un foro cibernético, encuentren como alternativa política válida, la renuncia de la Presidenta de la República


Hablando Claro

Los nublados del día

Durante la compleja crisis económica y política de mediados de los 70-80 vivimos una terrible inestabilidad política. Era la inestabilidad que un día sí y otro también, lanzaba lenguas de fuego en el Congreso y se materializaba en largas filas en los estancos buscando asegurar las despensas.
Era la inestabilidad de la incertidumbre y la congoja. De las armas ilegales y de la devaluación galopante, de la inflación, el desempleo y los altos niveles de pobreza. La inestabilidad de dos gobiernos que aguantaron —literalmente— agarrados de nuestras correas institucionales democráticas.
Probablemente desde entonces y hasta hace poco, los costarricenses vivimos —sino la mejor— una de nuestras mejores épocas de estabilidad política. Décadas de solidez y seguridad matizadas por eventos fuertes de la dinámica social pero también institucionalmente canalizados, como el combo de 2000, los casos de corrupción de 2004 y el referéndum de 2007.
En medio de la tarea cotidiana por mejorar nuestra calidad de vida y de cara al resquebrajamiento y la fragmentación política de estos últimos tiempos, hemos logrado asirnos siempre a nuestra institucionalidad.
Por eso me cuesta muchísimo entender que haya quienes desde el mismísimo partido oficial, la oposición parlamentaria y un foro cibernético, encuentren como alternativa política válida, viable y hasta necesaria, la renuncia de la Presidenta de la República.
Puedo entender el tamaño de la crispación y la clase de malestar que nos invade. Coincido en que al gobierno le faltó mínima capacidad de maniobra política y le sobró soberbia y arrogancia. Pero no por ello creo que nos sirva de algo o para algo semejante salida.
Y no se trata solo de aguantar un plazo perentorio del calendario cívico. Se trata de hacer valer nuestra disposición a la observancia rigurosa de las reglas del juego democrático. Escogimos. Y si nos equivocamos, ya tendremos oportunidad de involucrarnos y corregir el rumbo.
Si la Presidenta de la República optó en mala hora por no aceptar un error que evidentemente cometió y eso hace que la crisis de gobierno de la semana pasada haya terminado sin terminar y alguna o mucha gente siga indispuesta, no creo que ganemos nada empujándola al último precipicio que implicaría el inédito hecho de la dimisión.
Intento asirme a mis convicciones democráticas más profundas cuando digo que si ella se equivocó y se equivocó doblemente al no querer reconocerlo, no debemos procurar enmendar su error con uno nuestro.
Nada obtendría nuestra democracia con una salida de ese calibre. ¿Que algunos pretenden hacerla pagar por sus yerros? Eso ya está sucediendo con creces sin necesidad de la renuncia.

Vilma Ibarra