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Sábado 15 Diciembre, 2007

Los derechos humanos son alcanzables


El Decimotercer Informe del Estado de la Nación nos recuerda varios textos publicados recientemente. En ellos, se analiza la problemática del desarrollo humano a partir del modelo económico que ha impulsado la globalización. Uno de esos, es del economista estadounidense Jeffrey Sachs, titulado El fin de la Pobreza: cómo conseguirlo en nuestro tiempo. En él se brinda una radiografía del planeta, sobre la situación de pobreza extrema, hambre y enfermedades asociadas con la desnutrición, que enfrentan más de 1.200 millones de personas en el mundo.
El otro, de Thomas Pogge, dice que además, existen otros 1.200 millones de seres humanos que viven un “poco mejor”; con la no menos miserable suma de $2 diarios; es decir, hablamos del escandaloso número de 2.400 millones de personas, a quienes se trata como seres sin derechos. Semejante escenario, me alarma; porque no estamos hablando de “chunches” sin importancia, son personas iguales a nosotros; con una vida y con una historia. Esa es la realidad del escenario global, frío y sin interés en el principio básico de la dignidad humana.
Con total eficacia y sin ninguna conciencia, por un lado se destruye el medio ambiente y por el otro se concentra la riqueza más impensable en unos pocos; distribuyéndose la miseria más cruel entre la abrumadora mayoría. En medio de un comercio global, es lamentable que el mensaje de los derechos humanos esté tan solo y no despierte el interés que sí provoca el mercado. Es claro que el “negocio” por la defensa de la dignidad humana, no genera dinero ni grandes capitales. Por ello, algo anda mal y a mí, tal y como lo sugiere el informe del Estado de la Nación, también me parece que nos hemos trabado en un estilo de desarrollo, que a mi juicio se antoja inconveniente, escandaloso y elitista, porque se han depurado las fuerzas del mercado de un modo que ha olvidado a los más débiles. Es un modelo que axiomáticamente, ha globalizado la desigualdad y confundido el crecimiento económico, con el desarrollo social de los pueblos. No es posible que en el mundo mueran 50 mil personas al día por causas asociadas con la pobreza —esto equivale más o menos a 18 atentados del 11 de setiembre por día, cada año—. Es decir, se nos perdió el rumbo y la integralidad de los derechos humanos.
Además, se está acabando con los recursos naturales, que deberían ser patrimonio de la humanidad para su conservación y sostenibilidad. En esto también hemos olvidado los derechos humanos, destruyendo nuestro planeta y sin inmutarnos. Ciertamente, Costa Rica no es ajena a esta realidad.
El problema no es el significado real de la globalización, sino la forma de aplicarla. Es un excelente instrumento de creación de riqueza y esto no es malo. Pero sí está mal que hoy se trata de un mecanismo anárquico que olvidó al ser humano. Comparto la visión de Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía, al afirmar que la globalización puede ser un excelente instrumento de desarrollo humano y distribución de riqueza si se hacen cambios y se le da un verdadero rostro humano. Nos urge humanizar los mecanismos y hacer los ajustes necesarios. Debe ser el compromiso si realmente queremos cambiar el rumbo.
También, en el mundo globalizado hay problemas en los sistemas políticos. Vivimos la “crisis de la democracia global”, causada por la insatisfacción ciudadana y el desgaste de su credibilidad frente a quienes ejercen el poder. Esto se debe a la corrupción y al incumplimiento reiterado de las promesas de campaña. Lo mismo ha sucedido en Costa Rica, dejamos de creer, luego buscamos otras alternativas y ahora no sabemos qué hacer para conciliar más de dos posiciones políticas. Por ello, hoy hablamos de salvar la democracia mediante la expansión de los derechos humanos, la “gobernanza”, el control ciudadano, la democracia participativa directa, la rendición de cuentas y otros mecanismos de transparencia en la función pública.
Quiero pensar que en Costa Rica aún podemos entender que la cultura política de las sociedades cambia y evoluciona; y que las estructuras partidarias también deben hacerlo. Pero aún no entendemos los cambios de los procesos electorales de los últimos años, ni los recientes. Hay que aceptar que las transformaciones sociales son estructurales y los cambios urgen; porque con el mismo esfuerzo, solo seguiremos generando el mismo resultado una y otra vez. La radiografía de lo que le pasa al mundo, es el modelo de lo que puede sucedernos si seguimos igual. La enfermedad global se ha convertido en un síntoma local y eso es preocupante.
Creo en el cambio y también en los sueños. Y quiero creer que los derechos humanos son alcanzables por todas y todos. Siempre es posible cambiar si realmente lo deseamos y para ello, tal y como lo dijo Jeffrey Sachs; “hay que hacer algo y hay que hacerlo ya”.

Lisbeth Quesada Tristán
Defensora de los habitantes de la República