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Martes 4 Septiembre, 2012

Los cuatro pilares de la integridad

Stephen Wozniak, el primer socio fundador de Steve Jobs en Apple, declara en su biografía: “Las contribuciones de Steve podrían llevarse a cabo sin tantas escenas de terror entre sus colaboradores. A mí me gusta ser más paciente y no generar tantos conflictos”. Aunque fue un genio en la innovación de productos, el estilo de liderazgo de Jobs era excesivamente problemático.
La mayoría creemos que un líder debería ser percibido como un individuo deseablemente ejemplar; no obstante, se trata de una batalla ardua y cotidiana. Decimos, por ejemplo, que una persona es laboriosa cuando de manera constante logra atender sus responsabilidades, incluso en épocas de gran presión. Pero esa respuesta no se improvisa, sino que es la consecuencia del comportamiento habitual de una persona. A esto le llamamos virtud.
Aristóteles define cuatro virtudes cardinales las cuales sostienen, como pilares, a todas las demás que también posee un líder. Estas son:
La prudencia. Es saber tomar las decisiones correctas con relación a las circunstancias: es la virtud por antonomasia de quien gobierna. El gerente prudente busca la información necesaria, decide proporcionalmente al problema, valora todos los matices, actúa sin precipitaciones. La prudencia es tomar en cuenta la historia de la compañía, las personas, el mercado, los propios valores, tener visión de conjunto.
La justicia. Según Platón, es dar a cada uno lo que merece. Es justo el jefe que reconoce el mérito de sus colaboradores y no se apropia de un éxito ajeno. Por eso la justicia exige actuar en conciencia aunque una decisión sea “políticamente incorrecta”.
La fortaleza. Es vencer los obstáculos para alcanzar un fin. A veces se debe sacrificar el prestigio o un cliente importante con tal de conservar la integridad. Tal es el caso de un familiar que debió cerrar una fábrica porque la competencia estaba evadiendo los impuestos aduaneros. Hubo pérdidas importantes, pero al menos se logró liquidar lo justo a los acreedores y colaboradores. Eso generó confianza con sus acreedores y eso, en el largo plazo, sí que paga.
La templanza. Es el dominio propio. Juzgar negativamente a alguien, buscar una manera de dañar el prestigio ajeno, evidencian una falta de señorío sobre sí mismo. La templanza no solo es la moderación en la comida y en la bebida: es estar desprendidos de aquello que no es necesario. Prescindir de lo último en tecnología o del vehículo del año, facilitan la posibilidad de desprenderse de ciertos recursos en favor del bien común.
En conclusión, la integridad es una competencia directiva, en cuanto a que es habitual, observable y ayuda a mejorar el desempeño personal y profesional. Su conquista se logra mediante la diaria repetición de decisiones correctas, las cuales llevarán a cualquier ser humano hacia su auténtico desarrollo.

Roy Campos Retana
Coordinador de Proyectos del Instituto de Estudios Empresariales
[email protected]