Enviar
Sábado 16 Octubre, 2010

Los 100 años de Laura

Peru- Conocí el teatro Municipal de Lima a los seis años. Una niña prodigio argentina ofrecía un recital de piano.
De regreso a casa, mi mamá Lala, la única hermana de mi madre, me preguntó qué quería como regalo de cumpleaños y yo, con la inocencia de la criatura a la que nunca le faltó nada, le pedí a la famosa pianista. Quería volver a escucharla.
La pequeña artista, que cosechaba éxitos por el mundo entero, llegó a la casa de Javier Prado pasadas las 3 p.m. Y sentados los niños sobre la alfombra de la sala y en el más absoluto silencio, escuchamos a Gladys Levás tocar un vals, una mazurca y un estudio de Chopin. Y yo, con los ojos cerrados, absolutamente maravillada, cristalizaba mi primer sueño consciente, gracias a la generosidad sin límites de un hada madrina y su varita mágica.
Y esa tarde fascinante, con el corazón palpitando locamente, recuperé el aliento infantil para observar y grabar para siempre en mi retina, la luminosa sonrisa de mi mamá Lala.
Me ha venido a la mente mi inolvidable cumpleaños, el 5 de octubre, que Laura Vega de Mannucci cumple 100 años. ¡Los cien años de Laura! Los cien años de una mujer fascinante, que camina por la vida irradiando esa luz de las personas especiales.
Doña Laura ha recibido el reconocimiento sincero de los trujillanos. En el año 2000, el diario La Industria y la Universidad Privada del Norte, la designaron Líder Liberteña del siglo XX.
Se premiaba a la mujer inquieta por alcanzar el conocimiento de su propio ser. A la empresaria exitosa, a la amiga fiel y madre espléndida. Se reconocía, públicamente, al ser humano comprometido con el sufrimiento de sus semejantes. A la artista, a la soprano dramática que en el escenario deslumbraba a un público delirante.
Contadas personas llevan dentro de si ese fuego subterráneo, que se abre paso y se eleva en llamas sagradas. Ciertamente, el encanto misterioso que envuelve a estos seres singulares, radica principalmente en la defensa sistemática que hacen de la alegría. ¡Ser feliz es una obligación, Maríantuca! ¡Huye del jardín solitario y triste! Me dijo más de una vez.
Es muy cierto que el verdadero semblante asoma por los ojos. El rostro humano se ilumina con la luz del amor, de la creación, de la inteligencia, y en un mundo plagado de reverencias, mi mamá Lala siempre supo mantenerse auténtica.
Entre sus múltiples obras sociales, destacan el Instituto de Rehabilitación y la Escuela Especial Carlos A. Mannucci, en la que niños con retraso mental se preparan para enfrentar la vida con decoro.
Mi mamá Lala, enemiga de los elogios pegajosos, sin proponérselo, es testimonio fino de un siglo que se fue y otro que empieza. Su conducta obedece al patrón de las almas espléndidas.
Y celebrando la vida de una mujer como doña Laura, me va quedando claro la importancia que tiene para los pueblos, difundir la historia de las mujeres que dejan huella. De las mujeres que revelan la dignidad de la especie humana.

Ana María Antonieta Ganoza Vega
[email protected]