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Sábado 25 Mayo, 2013

El próximo que suba la cima, de la mano de su pueblo, debe iniciar a construir alrededor del mismo, no dándole la espalda


Lo que quisiera que sean…

Es usual al final de un gobierno citar los logros que se han alcanzado. Me parece casi más importante que de este gobierno no nos dedicaremos a establecer lo que se nos prometió, lo que no fue realizado y el porqué del motivo. Pues lo más seguro entre la Ruta 1856 para la defensa de la soberanía e integridad, la Concesión de la Ruta de San Ramón a San José, la Reforma Tributaria, y al mejor estilo de hospedaje cinco estrellas, la entrada y salida constante de ministros en Casa Presidencial, unos por la puerta del frente, otros por atrás, nos encontraremos de todo en el recuento del mismo.
Me he referido en diversas ocasiones a la señora Chinchilla Miranda, dado su impaciente carácter y sus sonrisas indolentes con la muchedumbre, casi nunca le he visto en medio de una calle conversando de los problemas generados a partir de sus políticas públicas.
Agobiado por un duelo de la Patria que transcurre, como un veneno sobre mi esencia de joven idealista y soñador, se expande esa significación histórica a nivel interno del país e internacional: el proceso del avión, agria y dura luz de la Presidente de la Republica y las interioridades del grupo de asesores de Casa Presidencial.
Resplandeció por mi mente aquel colgante que portaba en su pecho la señora Miranda, mientras justificaba los hechos ocurridos, sin pedir nunca disculpas; cuando recorría en mi caminar al frente de aquella hermosa Catedral Metropolitana hasta encontrarme con un espíritu severo y grave, allí cercano a la esquina suroeste de esa plaza donde muchas lunas atrás muriera fusilado el general Francisco Morazán, al gigantesco en representación “Monumento al Trabajador”.
Como un dios se postra con su brazo fuerte, nervudo y pujante, pasara inmóvil en su sitio, y contemplara una tras otra la ocurrencias de la Presidente, allá en lo remoto, una meta invisible para él, al menos en esta administración de tintes blancos y verdes. No verá, ni oirá nada.
Severamente, columbra su simbolismo, una eterna lejanía más allá de los viajes y las acciones de los políticos. No sabe cómo aquellas personas que le inauguraron no han pensado en lo que han hecho por su país, y por su nombre en representación de la fuerza motriz de la esencia de los costarricenses: el trabajo.
Naturalmente quisiera ser esa esencia e internarme en el cuerpo político, apartaría ideologías e intentaría, tomando por objeto de estudio los problemas nacionales más allá de su tiempo y cuyas soluciones nacen únicamente de su desmesurada desgracia. Esperaría darle soluciones al pueblo.
Trabajo; un espíritu voluntarioso, un alma con esencia de sentido común y un cuerpo, se requiere para representar lo que hoy se postra como un dios en el Parque Central.
El próximo ciudadano que suba la cima de la mano de su pueblo, debe iniciar a construir alrededor del mismo, y no dándole la espalda.
Opciones creemos existen al menos en esencia solo una, pero poco a poco el deber, debe coronarse en Zapote.


Erick Quesada Cruz