Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 17 Septiembre, 2009


De cal y de arena
Lo que oculta una venda

Nuevamente, se ha lanzado una venda a los ojos de una sociedad que parece no entender lo que está en juego. La venda es para ocultar la trascendental disolución del Estado Social de Derecho consagrado en la Constitución Política. Leyes y a veces hasta simples reglamentos sorprendentemente bendecidos por el Tribunal Constitucional, van diluyendo en el nihilismo los principios y orientaciones del modelo de Estado adoptado por el constituyente de 1949. Se han ido desguazando las instituciones, recortando sus competencias y presupuestos. De ellas han purgado a los contestatarios e irreverentes que estorben o retarden los objetivos de los nuevos dueños del poder, reemplazándolos por incondicionales y sumisos, por lo general incompetentes también. La jugada busca que las instituciones no den la talla, desacreditarlas hasta inducir el coro ciudadano que pide su cierre. No se trata de modernizar, agilizar y depurarlas. Sí cerrarlas o reducirlas a una condición famélica. El disfraz hace creer que las instituciones cayeron en la obsolescencia y no son susceptibles de revitalización, cuando la realidad acusa una mala gestión administrativa atribuible a manos incompetentes, cuidado si no corruptas también. El Banco Anglo atropelladamente se cerró, sin reparar que fue una gravosa falla humana la que lo hincó. El IDA, Fanal, los ministerios de Agricultura y de Obras Públicas languidecen reducidos a meras oficinas de intermediación para gracia de los promotores de su cierre. A Japdeva se le impidió modernizarse y endeudarse. Sus ineptos directores y gerentes no rindieron cuentas ni sus torpezas exhibidas porque la idea a vender es que la institución no da la talla. Las “curiosas” pifias en el Consejo Nacional de Producción son pretexto para que se hable de su cierre, mas no de la inepcia de tantos directores y gerentes ahí colocados y alcahueteados por ministros rectores del área que se fueron en blanco. Incofer es patética expresión de esta realidad. Si hoy sobrevive es porque lo dirige un voluntarioso y ejemplar ingeniero, que ya debería involucrarse en la búsqueda del aporte ferroviario a la solución nacional al colapso de la red vial si no quiere perder la guerra.

Más que las instituciones, son sus regentes los que no dan la talla. La Constitución Política no es la que estorba la gestión en democracia del Presidente de la República. Pero si lo que anhela es gestionar autocrática y arbitrariamente, o si lo que don Oscar Arias sueña es una tiranía en democracia, por supuesto que esta Constitución debe ser derogada. La franqueza con que él lo ha dicho y la espontaneidad con que doña Laura se confiesa la candidata del continuismo, deberían ser suficientes para descorrer el velo y advertir los riesgos de una reedición de “más de lo mismo”. Porque ante un gobierno de una regente llamada a preservar incólume la monarquía y sus reglas de sucesión, será en la Asamblea Legislativa donde se juegue la suerte de la democracia costarricense, delicada tarea que exige diputados de suficiente integridad moral, olfato político y capacidad intelectual para enfrentar a la mayoría mecánica. Estos no son tiempos para improvisar ni para experimentar.