Juan Manuel Villasuso

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Martes 9 Diciembre, 2008

Dialéctica
Lo fiscal en la crisis

Juan Manuel Villasuso

Resultaría entretenido, si no fuera por la gravedad de la situación a la que nos enfrentamos, comparar los argumentos, propuestas y razonamientos que hasta hace poco hacían algunos economistas y dirigentes políticos del terruño y de otras latitudes sobre los principios y objetivos que debían regir la política fiscal, con las declaraciones que están expresando ahora frente a la crisis que nos asedia. El cambio es monumental.
En el campo fiscal esas personas impulsaron el equilibrio presupuestario a toda costa, sin importar las consecuencias negativas que eso tenía en la reducción de la inversión pública y los programas sociales. Ahora estamos pagando las consecuencias con el deterioro de la infraestructura vial y portuaria, los apagones eléctricos que se anuncian, el retraso en las telecomunicaciones y el aumento de la desigualdad.
Peor aún, dejamos de hacer inversiones de alta rentabilidad privada y social, que contribuían al crecimiento productivo y el mejoramiento social, a fin de contraer el déficit público, que desde el punto de vista financiero tenía un costo mucho menor. Error garrafal desde una óptica económica e imperdonable desde la perspectiva del desarrollo nacional.
Dos factores contribuyeron a que la idea del presupuesto balanceado, que quisieron convertir en norma constitucional, contara con el beneplácito de las autoridades económicas y de la cúpula empresarial del país.
Por una parte, la concepción ideológica de que la política fiscal debe ser neutral, es decir, que no debe emplearse como instrumento de política económica. Eso responde a una visión sesgada del papel del Estado en la economía y del rol que debe desempeñar durante los ciclos económicos. La idea de que el Estado pueda afectar de manera significativa la demanda agregada resulta odiosa para quienes subliman el libre mercado.
Por otra parte, se hizo muy popular una falacia de consecuencias nocivas: “si la economía está mal el primero que debe zocarse la faja es el gobierno”. Eso significa reducir el gasto corriente y cancelar o posponer inversiones, o sea, hacer política fiscal procíclica. Esa visión contribuye a profundizar el ciclo recesivo en lugar de mitigarlo. No obstante, ese enfoque ha prevalecido en Costa Rica durante muchos años.
Lo pertinente, y ahora lo vemos en Estados Unidos y otros países y lo comenzamos a escuchar aquí de quienes en el pasado decían lo contrario, es que la dimensión fiscal de la economía debe ser un ingrediente central para estimular la reactivación. Eso, ni más ni menos, implica aumentar el gasto gubernamental, especialmente en inversión pública y reducir los ingresos, disminuyendo impuestos. El efecto neto sería un incremento del déficit fiscal.
Semejantes medidas deben sonar a herejía en los oídos de quienes durante muchos años han repetido, hasta convencerse a sí mismos, de que el déficit fiscal es el peor de los males que nos puede aquejar y que los gobiernos son irresponsables al aumentar el endeudamiento público, aunque estemos en una etapa recesiva del ciclo.
Sin embargo, esa fue una de las principales enseñanzas del economista inglés John Maynard Keynes, cuyos planteamientos ayudaron a Estados Unidos a superar la Gran Depresión de los años 30, y cuyas ideas se están retomando en ese país con programas multimillonarios para invertir en infraestructura y tecnología, rescatar al sector financiero y apoyar empresas, tomando recursos de la hacienda pública e incrementando el déficit presupuestario.