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El mundo democrático prolonga por omisión una crisis en Libia, que desestabiliza los mercados generadores de esa riqueza que mucha falta hace tanto a Oriente como a Occidente

Libia, más allá de los jazmines

Tras recorrer Túnez, Egipto y Argelia, el clamor de libertad se asentó en Libia.
Los disturbios en ese país, tras poco más de dos semanas de protestas y cruentos enfrentamientos, siguen agudizándose.
“Son miles y no centenares los muertos en Libia”, afirmó la semana pasada el embajador adjunto de la misión libia ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Ibrahim Dabbashi, durante una conferencia de prensa.
En Bengasi, al menos 130 militares fueron asesinados por abstenerse de disparar contra el pueblo indefenso. La Coalición Internacional contra los Criminales de Guerra cifra en 3.900 los heridos y en al menos 1.500 los desaparecidos.
El Consejo de Seguridad de la ONU prefirió esperar que la sociedad libia definiera el rumbo de los acontecimientos a un alto precio de muerte y sangre; ahora tímidamente reconoce su deber de proteger a la población civil de la violencia.
Lamentablemente, este foro se autoimpone trabas en el cumplimiento de deber tan perentorio, y prefiere eludir un bloqueo aéreo o una intervención más directa.
Las potencias de Occidente muestran su apoyo a las víctimas civiles con resoluciones que parecieran insuficientes o cuando menos tardías.
El mundo democrático deja al descubierto su dificultad por plantar en Libia esos valores sobre los que se asienta nuestro sistema. Y no solo eso, también prolonga una crisis que desestabiliza aún más los mercados generadores de esa riqueza que mucha falta hace tanto a Oriente como a Occidente.
Tan numerosas como lamentables son las lecciones que deja la revolución de Libia, pero la que más atención exige es que la globalización viene erradicando cualquier sociedad en la que unos ciudadanos tienen menos derechos que otros.
Por fin, las redes sociales parecen reivindicar cualquier mora que la Revolución Francesa tuviera pendiente en cuanto a igualdad y libertad.





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