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Lunes 6 Octubre, 2008

Lecciones del pasado


La actual crisis que enfrentan los mercados financieros mundiales ha sido comparada con frecuencia con la originada en el colapso del mercado bursátil estadounidense en octubre de 1929, lo cual nos permite tratar de rescatar alguna lección de aquella experiencia, para evitar caer en los mismos errores del pasado.
A principios de la década de 1920, se vivía en Estados Unidos una época de gran bonanza económica, caracterizada por un alto consumo, propia de la recuperación de posguerra, y por una gran liquidez monetaria, derivada de los flujos financieros que ese país recibía de Francia e Inglaterra, como pago por su oportuna y decisiva intervención en la Primera Guerra Mundial así como por los cobros de reparación de guerra que Alemania debía resarcir, según el Tratado de Versalles.
Lo anterior originó que el sistema bancario norteamericano, carente por aquel entonces de los mínimos controles de fiscalización, propiciara la apertura desmedida del crédito —para financiar la acumulación de inventarios de los comerciantes y el aumento de la capacidad de producción de los industriales, que creían que la tendencia hacia la alza de sus ventas iba a ser permanente— y para apalancar a los inversionistas para que adquirieran, de forma masiva, acciones a través del mecanismo del margin, en el que aportaban solo un pequeño margen en efectivo y dejaban como garantía el título valor.
La creciente demanda que se derivó de dicha situación provocó un aumento artificial en el precio de los títulos valores, originando una burbuja de precios. Posteriormente, conforme el ciclo normal de la economía fue desembocando en una desaceleración económica, las empresas empezaron a mostrar disminuciones en sus ganancias o incluso pérdidas, al enfrentarse a menores ingresos por ventas y costos fijos altos (servicio de las deudas, salarios, entre otros).
Dicha reducción en la rentabilidad de las empresas no tardó en reflejarse en los precios de las acciones, que se mueven en función de la expectativa de obtención de flujos de efectivo futuros. Ante las primeras bajas en el precio de las acciones, muchos inversionistas “conservadores”, aun algunos con horizontes de inversión a largo plazo, decidieron deshacerse de sus títulos, lo cual provocó a su vez una reducción adicional en el precio de las acciones, por oferta y demanda, que desembocó a su vez en corridas masivas de inversionistas que entraron en pánico, con el consiguiente colapso de los precios de las acciones y la destrucción de las garantías bancarias de los margins. Fue aquí donde se inició la verdadera crisis financiera.
La lección que debemos aprender, como inversionistas ante una crisis, es que los comportamientos impulsivos solo empeoran la situación. Es mejor esperar a que los procesos normales de la economía estabilicen los mercados y así poder tomar una mejor decisión.

Alberto Raygada A.
Director de Administración y Finanzas