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Martes, 24 de mayo de 2022



FORO DE LECTORES


¿Le hace daño el gobierno de Ortega a Nicaragua?

Alberto Salom Echeverría albertolsalom@gmail.com | Viernes 25 febrero, 2022

Alberto

Una venturosa noche del 27 de diciembre de 1974, después de años de relativo silencio de la guerrilla del FSLN en Nicaragua, como un rayo en pleno cielo al descampado, el comando “Juan José Quezada” del mismo Frente Sandinista de Liberación Nacional, irrumpe en la casa de uno de los más sinestros y también conspicuos ministros de la Dictadura de Anastasio Somoza Debayle, José María Castillo Quant. Esa noche se celebraba una fiesta en honor del embajador de los Estados Unidos en Nicaragua, Turner J. Shelton.

Cuenta el recordado héroe de la Patria, German Pomares Ordóñez “el Danto”, caído en combate al mando del frente Norte en Jinotega, en 1979 pronto a la caída del Dictador Somoza, que Castillo Quant, había sido presidente del Banco Nacional de Nicaragua, cuando otro comando del FSLN “intentaba hacer una recuperación” en esa institución. En la “operación”, uno de los guerrilleros debió batirse a tiros con la guardia cayendo herido. Estaba en muy malas condiciones; aun así, Castillo Quant se acerca al herido y lo patea en el suelo. Así era uno de los más obsecuentes servidores de Somoza. Toda una joya en “valores” humanos como puede verse.

Castillo Quant tomó la iniciativa de convocar a su casa a una fiesta esa noche del 27 de diciembre, a la que tuvo a bien invitar a lo más selecto del funcionariado de la dictadura somocista, a embajadores y empresarios adictos al gobierno. Todos fueron tomados como rehenes, en una operación sin precedentes que doblegó a la dictadura. Somoza, después de titubear tuvo que ceder debiendo soltar 170 presos políticos a cambio de los “selectos” rehenes de la fiesta convocada por José María Castillo. El comando estuvo presidido por un joven extraordinario, desconocido hasta entonces, cuyo nombre era Eduardo Contreras, “comandante cero”. El segundo de abordo fue el “comandante uno”, Hugo Torres, recientemente fallecido de un mal, seguramente acicateado por el sufrimiento de tener que enfrentar a sus 73 años al gobierno de Ortega-Murillo y encontrarse preso y maltratado en prisión.

El comando “Juan José Quezada”, estaba integrado por el anterior jefe del Ejército de Nicaragua, Omar Halleslevens, los comandantes guerrilleros Leticia Herrera, Hilario Sánchez, Javier Carrión, Joaquín Cuadra y Hugo Tórres, así como por Alberto Ríos, Róger Deshon, Germán Pomares, Olga Avilés, Eleonora Rocha y Félix Pedro Picado, bajo el mando, para resaltarlo de nuevo de Eduardo Contreras. La operación fue casi perfecta, hincaron a la dictadura. Uno de los liberados en aquella operación fue nada menos que el hoy espurio presidente de Nicaragua, Daniel Ortega Saavedra.

Después de esta operación de 1974, el Frente Sandinista, tantas veces acorralado por la dictadura Somocista y pagando gran sacrificio en vidas humanas, renace a la vida gloriosamente, y comienza a acumular fuerzas para, apenas cuatro años después, insurreccionar a todo un pueblo ahíto, harto de arbitrariedades, salvajismo, combinado con corrupción y lujuria. Fue en definitiva, la mezcla de ese hartazgo en vastas capas de la población, sumado al heroísmo y la valentía de los combatientes del FSLN, muchas heroínas entre ellos, más el desprestigio de un gobernante que merced a su avaricia, endiosamiento y francamente maldad, lo que hizo posible que, la otrora indestructible dictadura soportada por una guardia pretoriana a su servicio y el apoyo de los gobernantes estadounidenses, con excepción de Carter, cayera estrepitosa y súbitamente en julio de 1979. Ese es el balance que hago.

Voy a decir algo ahora, que es personal y muy pocas personas saben: mis hermanos, ahora mis hijos y amistades íntimas, así como varios de mis compañeros y compañeras de lucha en las décadas setenta y ochenta; en algún momento tenía que contarlo y ese momento es ahora, porque siento que no comprometo a nadie.

Por aquellos años, me tocó en suerte ser el primer presidente de lo que entonces se conocía como izquierda, de la Federación de Estudiantes de la UCR, FEUCR. Mi período como presidente de los estudiantes, transcurrió entre octubre de 1974, hasta el mismo mes de octubre de 1975; tuve un compañero de fórmula, Manuel Delgado en calidad de vicepresidente (un año después llegaría a ser él quien fungió como presidente de la FEUCR), estudiante brillante y se llegó a desempeñar en su vida profesional como comunicador sin tacha en Teletica canal 7. Fuimos nosotros, junto a miles de universitarios de la época, de la UCR y también después del TEC y de la UNA, quienes acometimos nobles tareas, ya fuera buscando más democracia y calidad científica en las universidades, justicia social para campesinos, obreros agrícolas, trabajadores del campo y la ciudad, o bien apoyando las luchas de nuestras compañeras mujeres contra la violencia y el maltrato, la desigualdad de que eran objeto, o también apoyando las heroicas luchas de estudiantes en los demás países centroamericanos. Jugamos un papel importante y nos entró una gran sed de justicia. Esa fue nuestra motivación principal junto al estudio y la preocupación por crecer intelectual y espiritualmente. De ahí que, muchos compañeros y compañeras jóvenes costarricenses y de otros contextos, resultamos atraídos por la lucha sandinista que se libraba en Nicaragua, en su última parte, entre 1978 y 1979. Muchos fueron los estudiantes que se enrolaron en la guerra que se libraba en Nicaragua contra la oprobiosa dictadura de “los Somoza”. Algunos les correspondió incluso perder la vida, fundiéndose para siempre con la suerte del pueblo de Nicaragua.

Fruto de estos nobles ideales y aquella pasión con que abrazamos la lucha por la justicia social, que en 1983 solicité un permiso, naturalmente sin goce de salario en la UNA, donde por entonces ya laboraba, y me enrolé con un numeroso grupo de jóvenes de ambos sexos a defender la revolución que enfrentaba a la contra nicaragüense fuertemente apoyada por los Estados Unidos, en particular durante la administración de Ronald Reagan. Lo hice, porque por entonces estaba seguro de que se libraban decenas de batallas en Nicaragua, en contra del analfabetismo, la desnutrición de cientos de niños, el hambre, la falta de tierras, de vivienda, la desigualdad; además, la revolución se veía fuertemente hostilizada por los gobernantes estadounidenses que, con su apoyo abastecieron a la contra, compuesta en su mayoría por antiguos miembros de la fenecida guardia pretoriana somocista. La revolución había cometido algunos errores, pero por entonces era una faena noble, parecía impenetrable de corrupción. No solo nos enrolamos por la revolución y nuestros ideales, sino que contaba mucho, por ese entonces, la dirección de aquel proceso, el cual estaba compuesto por personas limpias, lozanas y llenas de virtudes y buenas intenciones. Por eso, fui capaz, junto a otros hombres y mujeres jóvenes de arriesgar mi vida en otro país que no era el mío.

Algunos de aquellos líderes se mantienen hasta el día de hoy. Como Daniel Ortega y Rosario Murillo. Empero, experimentaron una profunda metamorfosis en su interior, una especie de involución al revés del gusano que evoluciona al metamorfosearse en una mariposa. ¿Qué ocurrió entre estos días duros y difíciles, que personas que vieron la cárcel en sus años de juventud, algunos fueron objeto inclusive de ultrajes y torturas, otros desaparecieron; qué aconteció que se transmutaron como por arte de birlibirloque de la noche a la mañana, de hombres y mujeres casi impolutos, hechos al fragor de una dura lucha, en personas capaces de practicar en los presos que ellos mismos hicieron años después, con el poder en las manos, o permitir que se practicara contra la humanidad de jóvenes que se les enfrentaban, peor aún, contra antiguas compañeras y compañeros suyos, las mismas estratagemas inhumanas carcelarias que otrora habían sufrido en su propio cuero? ¿Qué pasó ahí en ese interín? Personalmente no soy impasible frente a eso. En mí y en muchos otros seres humanos, de mi generación o no, también se produjo una transformación. Jamás volví a ser el mismo.

¿Saben ustedes que, (de seguro la mayoría sí está enterada), algunas de las personas que hoy fueron hechos prisioneros por el régimen de Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo, son los que en su oportunidad arriesgaron la vida en el asalto a la casa de “Chema” Castillo para hacer posible la excarcelación del mismo Ortega? Hugo Torres de 73 años que acaba de morir en el Hospital militar de Managua, es uno de ellos. Lo hicieron prisionero arbitraria e injustamente, y contrajo una enfermedad que no tenía. Además, se le fue agudizando, sufrimiento de por medio, en la cárcel y lo sacaron “Humanitariamente”, cuando ya no había nada que hacer, estaba en fase terminal. A Hugo no lo sacó la supuesta benevolencia del régimen de Ortega, lo tuvieron que llevar al hospital producto de la presión de los compañeros de celda del comandante Hugo Torres. Lo sé de buena fuente, pero además lo deduzco después de que vi como encerró a una gran cantidad de excombatientes sandinistas de gran calidad intelectual y humana, como Dora María Téllez, muchas veces heroína de la lucha contra Somoza, para citar otro ejemplo, o Víctor Hugo Tinoco y un largo etcétera. Lo sé porque debido a las órdenes de Ortega-Murillo, se vapuleó a jóvenes para disolver manifestaciones, se encarceló a muchos de ellos y otros muchos perdieron la vida o desaparecieron…como en los tiempos de Somoza. Sí señores. Y el pecado de todos ellos ¿Cuál fue? Oponerse a un gobierno que se ha deslizado por la pendiente del anti-humanismo, la arbitrariedad, en pocas palabras, hacia la dictadura.

Hay algo que no he dicho, pero tampoco lo puedo dejar de decir: tras la derrota que experimentó el Frente Sandinista contra Violeta Chamorro en 1990, se produjo lo que se conoce como una piñata; donde muchos jefes y “jefecillos”, metieron mano en el erario para beneficiarse en lo personal. Unos pocos se enriquecieron en un abrir y cerrar de ojos, cuando el pueblo no estaba ya mejor, estaba peor. Es cierto, en gran parte debido al bloqueo que ejercía contra Nicaragua el Gobierno de los Estados Unidos. Me atrevo a decir que la derrota que sufrió el FSLN a manos del movimiento liderado por Violeta Chamorro, se la propinó la dirigencia del mismo FSLN. Porque se engolosinaron algunos con el poder y en el último acto de campaña, había tanta gente que, un anuncio que iba a ser el propio Daniel Ortega, según me lo han contado, que consistía en que iban a abolir el “servicio militar patriótico”, que era un clamor especialmente de decenas de miles de madres nicaragüenses, se lo tragaron y no lo dijeron creyendo anticipadamente que habían ganado las elecciones. Así ocurrió. Las perdieron.

La piñata fue, según mi razonamiento, uno de los factores clave de la involución de los dirigentes que hoy son “dueños” del poder. Hay desde luego, mucha más tela que cortar; pero este fue un elemento decisivo. Comenzó la corrupción, o quizás ya venía de un poquito atrás. El ejército sandinista, había dejado de ser del partido en el poder, para convertirse en un ejército nacional. No era solo una formalidad, era un cambio muy importante, para garantizar su lealtad al Estado, no al gobierno. Requería tiempo para provocar una transformación cultural. El tiempo me dice que esa transformación cultural nunca se produjo. Hoy el ejército es adicto a Daniel Ortega. ¡Cuidado con la “guardia pretoriana”!

“Qué día ese, qué días aquellos, cómo nos sentimos todos los que escuchamos, los que oímos, los que vimos, los comunicados del Frente Sandinista de Liberación Nacional, llamando al pueblo a tomar conciencia, más y más conciencia de las atrocidades, del odio en nuestra Nicaragua Bendita, el odio que siempre mata, que siempre atropella, que siempre destruye, el odio, la codicia, la avaricia y el vendepatrismo, cuánto destruye, cuánto mal ha hecho en tantas partes del mundo y a tantas familias en todo el mundo.” ¡Qué bello texto, no! ¡Qué hermoso! ¿Saben de quién son esas palabras? De la Rosario Murillo, ¡qué cinismo por Dios!

“Nosotros los de entonces, ya no somos los mismos” dijo en un bello poema, Pablo Neruda. Yo no soy el mismo. Nunca comulgué con “ruedas de molino”, pero ahora menos. No puedo confiar ni en Daniel Ortega, ni en la Rosario Murillo, que se acaban de robar las elecciones de Nicaragua, encarcelando a sus verdaderos opositores. No señores, en este caso, el gusano experimentó una metamorfosis, pero en lugar de transmutarse en una bella mariposa, lo que ha salido es una “polilla langosta”, considerado el insecto más feo del planeta. El gobierno de Ortega-Murillo le hace daño a Nicaragua, y de paso a toda Centroamérica.

Alberto Salom Echeverría

albertolsalom@gamil.com






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