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Martes 6 Julio, 2010


El tema de la seguridad, o tal vez más acertadamente, de la inseguridad regional se ha convertido en una prioridad para todos los países y gobiernos del continente

Latinoamérica violenta

“América Latina es el continente más violento del mundo", dijo la Presidenta de Costa Rica, Doña Laura Chinchilla en la Tribuna Iberoamérica, un foro organizado por la agencia de noticias EFE y por la Casa de América en Madrid, esto en el marco de la última cumbre América Latina, el Caribe y la Unión Europea.
La violencia y la inseguridad ciudadana que se vive cada día en Latinoamérica, se han convertido en un problema de la mayor agudeza. Por darse en naciones que no salen del todo del subdesarrollo; por ser naciones que cuentan con grandes poblaciones empantanadas en la pobreza, en la extrema pobreza; y en muchos casos, países con poblaciones invisibles, millones de seres humanos que no existen sino en algunas frías estadísticas.
Los elevados niveles de corrupción estatal y privada que se han visto crecer en algunos países, la existencia de grupos delincuenciales organizados, dígase narcotraficantes, maras, mercaderes de seres humanos, antiguas guerrillas que hoy han evolucionado a narco-guerrillas y el auge, en los últimos años de bandas armadas con capacidad de fuego, incluso superior a la de las fuerzas del orden, fenómenos emergentes que causan verdadera preocupación, miedo e impotencia a ciudadanos y gobernantes honestos.
El tema de la seguridad, o tal vez más acertadamente, de la inseguridad regional se ha convertido en una prioridad para todos los países y gobiernos del continente. Es común encontrar en las declaraciones de los encuentros bilaterales o multilaterales, llamados a reafirmar los compromisos con la lucha contra el crimen organizado, contra la violencia y la inseguridad, así como para enfrentar las amenazas y los eventos de hecho ejecutados por organizaciones criminales transnacionales dedicadas al narcotráfico, al pandillerismo, al tráfico ilícito de armas, al tráfico de emigrantes y la trata de seres humanos, entre muchos otros delitos.
El narcotráfico como una de las formas más perversas de la delincuencia en nuestros días, es hijo de la demanda y de la oferta de estupefacientes. En un extremo, la demanda de los mercados consumidores de los países ricos, al otro extremo, la oferta y la producción de las desdichadas mercancías y en medio, un ejército de delincuentes, de “burros”, de sicarios, de corruptores, montañas de dinero sucio y ante todo, de un mar de sangre y lagrimas, una avalancha de tragedias individuales, destrozos familiares y para cerrar con broche de oro, cementerios y cárceles al tope como final infeliz.
Lo malo y lo desagradable lo vemos, leemos y escuchamos a diario en los medios de comunicación, Estados que han tenido que sacar a sus ejércitos a las calles en vista de que sus fuerzas civiles o sus cuerpos policiales no tienen ya la capacidad de enfrentar a la maquinaria armada y militar de las “narcofamilias”, malhechores que han logrado infiltrar a punta de arma y billete a amplios sectores del cuerpo social, las organizaciones administrativas y políticas de algunos países.
Por otro lado las maras, subproductos de migraciones malogradas y otras bandas organizadas en menor escala, grupos criminales de menor poderío económico pero de igual calaña, que se dedican a delinquir en el marco de un amplio espectro de formas criminales tales como el narcotráfico local , el robo de autos, los asaltos callejeros, el cuatrerismo, el coyotaje, los secuestros etc. Una lista interminable de maldad y falta de principios morales, albergados como tumores, hoy día, en nuestras sociedades.
La oferta y la demanda de narcóticos unidas a los persistentes patrones de pobreza, a la desigual distribución de la riqueza y a la falta de una adecuada inversión social en salud, educación, vivienda y trabajo en América Latina, son el caldo donde se cultivan y crecen todos estos monstruos que generan los hechos de fuerza e irrespeto a la vida y bienes que sufrimos en nuestras calles día y noche.
La búsqueda de la solución radica, primordialmente, en el reconocimiento de los países desarrollados y de los países con menos recursos, de que todos somos parte del problema, de que solo con la implementación de mecanismos de cooperación en la lucha contra el crimen organizado, la disminución del consumo de drogas, el control en la venta de armas livianas, el control del comercio oficial (pero irresponsable) de armamentos en nuestro continente y en la buena inversión de los recursos con que cuentan los países de rentas bajas y medias, se puede emprender el camino hacia el logro de la seguridad, la paz social y la erradicación de la violencia en nuestra América Latina.

Johnny Sáurez Sandí