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Las muertes de Chavela Vargas

La cantante falleció el 5 de agosto del año pasado a sus 93 años

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Chavela Vargas dejó de andar “por los mundos” pocos minutos antes de la una de la tarde del 5 de agosto en México y desde ese momento se reencarnó en los muchos que ya por siempre la echarán de menos.Internet/La República
No copió a nadie, lo suyo fue a puro dolor y por eso tampoco ella tiene “sucesores”. El recuerdo de la impar Chavela Vargas inunda, suave y constante, como la marea del Pací co donde reposan parte de sus cenizas, “su” México y “su” España, que la recuerdan “de a poquito” un año después de su “segunda” muerte.
Chavela, que nació en Costa Rica, el 17 de abril de 1919, peroemigró a México siendo una adolescente, contaba que ella, que se había bebido hasta “la parte de los ángeles” —como se llama a lo que se evapora en la destilación—, había muerto una vez, que estuvo “enterrada” 15 años, y que se reencarnó en ella misma.
La “segunda” muerte, de la que “aún” no resucitó, fue el 5 de agosto del año pasado, y le llegó tras un viaje en julio a España, que quiso hacer para “recuperar su alma” y que la mantuvo varios días hospitalizada por el esfuerzo, y el posterior viaje a México, donde ya no pudo superar una bronconeumonía.
Se “la pasó” de parranda con sus “cuates” entre los 30 y los 50 años y cuando su “hermano” el compositor José Alfredo Jiménez murió (1973) decidió convertirse en una alcohólica que festeja cada día su hundimiento.
De aquella primera muerte resucitó en 1991, en el bar del barrio defeño de Coyoacán “El Hábito”, donde la “descubrió” un “güerito” —Manuel Arroyo, fundador de la editorial Turner—, que no hacía más que pedirle
“Las ciudades”, de José Alfredo. “Si los milagros existen, este es uno de ellos. Hay cantantes que se retiran uno o dos años y cuando vuelven ya no pueden hacer nada. Yo me retiré durante más de 15, volví y se me abrieron las puertas. ¡Con 72 años!”, relataba la cantante de “La llorona”.
Ahí, la gran Chavela asumió toda su experiencia y, ya sin el estrépito del alcohol —“me tomé 45 mil litros de tequila y aún puedo donar mi hígado”, presumía—, se convirtió en una máquina de emocionar a quienes la habían conocido y a quienes jamás habían oído de ella.
La “chamana”, que eligió su “traje de cantar”, jorongo rojo y pantalones, ese choque entre la persona y la súplica del amor desorbitado, no dedicó en su vida ni un minuto a los chismes.

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Madrid / EFE

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