Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 18 Agosto, 2011


De cal y de arena
Las cuitas del agro

No solo en el caso del arroz; si el país importara azúcar, café y lácteos también podría poner en el mercado interno estos alimentos a precios inferiores a los que el consumidor está pagando. Claro, siempre y cuando el mercado internacional no entre en una crisis de abastecimiento de estos bienes, se de insólito el libérrimo juego de la oferta y la demanda y aquí desaparezcan las concentraciones monopólicas. Como este supuesto es una quimera incompatible con las prácticas comerciales propias del capitalismo salvaje, hemos de tomar con pinzas ese señuelo con el que se trata de pescar adeptos para el desmantelamiento del sector arrocero por la vía de la derogación de los mecanismos compensatorios que le han permitido medio mantenerse en pie, así sea dificultosamente.
¿Por qué la arremetida contra los arroceros y no contra los sectores del azúcar, el café y los lácteos? Sin duda, por no tocar los poderosos intereses en juego que están enquistados en los centros de poder político y económico. Si los arroceros tuvieran la fuerza y la influencia de los azucareros, hace rato habrían podido forjar el esquema que permite a estos hacer de su sector lo que han hecho. Hay en su caso, como también en el del café y el de los lácteos, lo que no ha habido en el del arroz: una política de Estado dirigida a preservar su existencia.
Por fortuna, pues estos sectores y otros más que se ligan al agro tienen un importante peso en la forja del régimen democrático, en la estabilidad social, la distribución de la riqueza y estructura de la propiedad. ¿Es que se busca destruir este patrimonio construido con el amparo del Estado hacia estas actividades? Preocuparnos por extender tan pertinente y virtuosa política debería ser la respuesta a la arremetida que hoy sufre el sector del arroz.
Producir en Costa Rica y competir desde Costa Rica es dificultoso por sus altos costos. Si se desmantelara el régimen arancelario que arropa las actividades azucareras, de lácteos y del café y si las zonas francas no gozaran de los privilegios tributarios y el blindaje de pactos internacionales, provistos a veces con largueza y sacrificio no retribuido, otra sería su realidad. Las congojas de los arroceros serían las de todos.
Si bien el Estado se ha ocupado de atraer la inversión, ofrecerle seguridad y capacidad para competir, con un sentido realista y clara visión de su significado político, social y económico, lo ha hecho como si se tratara de coser una colcha de retazos y sin la visión de conjunto que incorpore a los principales segmentos de la economía del agro. De ahí las cojeras y los ayes de los arroceros, frijoleros, meloneros, achioteros y productores de ornamentales.
Se explica, entonces, el temor porque el empresariado nacional se asfixie y el reclamo de la Cámara Nacional de Agricultura de una Política Nacional Agropecuaria, sin más resultados hasta hoy que un poco de atolillo con el dedo. No hay perspectivas de cambio mientras la Administración Chinchilla padezca la miopía de los enfoques de unas ministras que bastante están minando al sector agropecuario.

Alvaro Madrigal