Enviar
Lunes 13 Junio, 2011

La restricción vehicular: un absurdo

Los que nos vendieron la idea de la restricción vehicular, solo nos han dado hasta hoy una justificación: el ahorro en la factura de pago del petróleo. Pero ese argumento ya no convence a nadie y veamos por qué.
Recope ha manifestado que desde que existe esa restricción, el consumo (ojo el consumo; nada que ver con el monto a pagar), ha aumentado un 33%. La razón es obvia, se gasta más combustible viajando por rutas alternas, las cuales, además de ser más largas, se encuentran en peor estado que las rutas tradicionales.
Si a ese aumento en el consumo, le agregamos el aumento de precios de todos los meses; negocio redondo para el Gobierno. Entonces lo que pensamos los que no somos ingenuos, es que la restricción vehicular hay que mantenerla para que aumente el consumo e ingrese más dinero a las arcas del Estado. Sencillo. No hay que ser máster en finanzas para entenderlo.
Tal vez si se valoraran otros aspectos derivados de la restricción, esta se volvería aún más absurda; veamos por qué. Ese aumento en el consumo, se traduce en costos para las personas que lo producen y por lo tanto la economía del país está inflándose.
Las empresas que distribuyen sus productos “deben entregarlos y venderlos” al costo que sea. El empresario no puede dejar de exhibir sus productos en las vitrinas, pues pierde presencia de marca.
La leche por ejemplo, es un caso diferente: la empresa que vende leche comprará más camiones; es decir aumentará sus costos de producción, porque el país no se puede quedar ni un día sin leche y las empresas no pueden cerrar su producción un día por la restricción, pero, ¿y las empresas que no pueden comprar otro camión para un solo día, porque tienen un solo camión?
Cargar con la boleta y agregarla a sus costos como un escudo fiscal pagado a final de año con el marchamo.
Otro ejemplo: los oficiales de Tránsito que se dedican a esta labor, según se ha dicho, son alrededor de 80 y casualmente, las horas más productivas para hacer partes son las de la mañana y las tardes; que es cuando estos oficiales deberían estar dedicados a trabajar en disminuir la cogestión vehicular. Pero no se debe bajar la congestión vehicular porque disminuiría el consumo. Constantemente oímos al señor director de Tránsito medir el éxito de la restricción vehicular con el número de boletas efectuadas.
Y es que los conductores, al no poder movernos por las presas, caemos más fácilmente en sus manos. Un contrasentido y más que un contrasentido, un absurdo. Finalmente nos recomiendan usar el transporte público; muy escaso y muy malo y si no que lo digan los usuarios de la empresa de Cartago. Es que paradójicamente el empresario de Cartago no va a comprar más unidades para solo dos horas de congestión que produce el no poder moverme con mi vehículo y optar por irme en bus.
¿Cuánto le cuestan a la economía esas horas muertas? ¿Cuál es el costo social de no poder dedicar más tiempo a sus familias y menos a estar en una fila esperando un bus?
Otro absurdo: se recomienda el “car pooling” o viajar con el carro lleno: A menos que todos trabajen en la misma empresa o en el trayecto a esta, esta medida resulta inaplicable. ¿El deterioro del carro quién lo cubre?
No es lo mismo caer en un hueco con un pasajero, que con cuatro. En los países desarrollados, esta medida se aplica pero se dedican carriles exclusivos para estos vehículos. De nuevo, ¿de cuántos carriles son nuestras carreteras?
Y si uso el vehículo para llevar a mis hijos al colegio, ¿cómo me organizo?
Definitivamente la medida de la restricción vehicular está muy mal vendida y nadie la compra. Nadie se traga ese absurdo.

Juan Carlos Díaz Solís
[email protected]