La prioridad para Theresa May no es gestionar el Brexit
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La primera ministra del Reino Unido, Theresa May, está plenamente a favor de la unión. No de la Unión Europea –“Brexit significa Brexit”, ha asegurado repetidamente a los votantes- sino de una mayor unión de su propio país.

El miércoles, en un discurso en el que apenas mencionó el Brexit, May presentó dos prioridades. La primera es la de preservar el “más que preciado vínculo” entre las partes constituyentes del Reino Unido: Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte. Para lograrlo tendrá que hacer que a las partes -especialmente a Escocia e Irlanda del Norte- les resulte atractivo permanecer conectadas con Londres. Las negociaciones serán difíciles y complicadas, pero son manejables.

No obstante, el éxito de una unión a largo plazo dependerá de si puede avanzar en su otro gran objetivo: liderar lo que ha llamado “el gobierno de una sola nación”. El concepto “conservadurismo de una nación” -que se centra en mejorar la cohesión social y las oportunidades en todos los niveles sociales- fue acuñado por el primer ministro de la época victoriana Benjamin Disraeli y desde entonces ha sido invocado más veces de las que se ha logrado.

May prometió luchar contra la “injusticia candente” a la que se enfrentan las mujeres que ganan menos que los hombres, las personas negras que son maltratadas por el sistema judicial penal o el “niño blanco de clase trabajadora” que tiene dificultades para ir a la universidad. Estos son objetivos loables, que también han sido invocados de una forma u otra por los cuatro primeros ministros anteriores del Reino Unido.

Al mismo tiempo, el Brexit hace que tengan un cariz más apremiante. El resultado de la votación pone de relieve la división entre el norte desfavorecido -que respaldó mayoritariamente el Brexit y que cuenta con una población de mayor edad, más pobre y menos educada- y la población más joven, más próspera y cosmopolita de los alrededores de Londres, que votó mayoritariamente por permanecer en la UE.

Estas prioridades ya estaban incluidas en gran parte de las políticas que David Cameron, predecesor de May, presentó pero no pudo cumplir. May puede ir más allá. Si bien el plan del ex ministro de Hacienda, George Osborne, de revitalizar la economía del norte del país parece prometedor, el nuevo gobierno ha de avanzar con los planes no sólo de desarrollar infraestructuras sino también de dotar a los gobiernos locales de una capacidad de decisión mayor y más rápida.

La postura de May respecto a la economía británica no tendría por qué ser radicalmente diferente de la agenda Cameron-Osborne. El Reino Unido necesita disciplina fiscal para mantener el flujo de inversiones hacia el país, pero también necesita reformas que exigirán un gasto del Gobierno y de más inversión privada. Una verdadera “agenda de una sola nación” también debería centrarse en mejorar el sistema educativo y la formación profesional, eliminando barreras de entrada para la creación de nuevas empresas y mejorando el acceso a la vivienda.

May ha nombrado un gabinete experimentado con figuras de ambos lados del Brexit. La capacidad de sus ministros para unirse en la consecución de su agenda será al menos tan importante, si no más, que el acuerdo al que llegue con Bruselas.



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