Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 5 Mayo, 2014

En la primera emisión del programa se invitó a una persona que no puede ser considerado distinguido, notable, lumbrera o dignatario


La noción de personaje

Según el Diccionario de la Real Academia Española, el término de personaje tiene dos acepciones conocidas: 1-Persona de distinción, calidad o representación en la vida pública; y 2-Cada uno de los seres humanos, sobrenaturales, simbólicos, etc., que intervienen en una obra literaria, teatral o cinematográfica.
Personalidad, celebridad, dignatario, notable, figura, lumbrera, son algunos de los sinónimos de la palabra.
Consultando el Diccionario Teatral de Patrice Pavis, personaje viene del latín “persona” que significa máscara.
El martes pasado Teletica estrenó su nuevo programa de entrevistas: “Las paredes oyen” a cargo del reconocido periodista y, por qué no, personaje televisivo, Edgar Silva.
Lamentablemente en la primera emisión del programa se invitó a una persona que no puede ser considerado distinguido, notable, lumbrera o dignatario. Tal vez, máscara. No sé.
El programa pretende transmitir “emoción” y el sujeto en cuestión no los desilusionó. Además de derramar gordas lágrimas, expresó con desborde anímico sus múltiples torturas: las duchas con agua fría en la cárcel (que comparó con el suplicio de Jesús); la cruel exposición mediática (a la que él mismo se expuso); cómo el martirio lo llevó a tomar drogas recetadas por siquiatras; y sus dudas espirituales (similares a las de Cristo) cuando sintió que “Diosito”, al que le había dedicado su vida entera, lo abandonó.
El hombre no se arrepiente de nada, al contrario: manifiesta su verdad como absoluta. Su egocentrismo es impresionante. Ataca a varios muertos que no se pueden defender: su jerarca de entonces, monseñor Arrieta y un periodista asesinado, Parmenio Medina que, gracias al programa, quedó como un malvado perseguidor de curas buenos.
La “Máscara” tampoco perdonó a los vivos: ni al clero (sus colegas que “no son amigos de nadie”); ni a sus superiores (de “grosero y terrible” calificó a monseñor Barrantes), ni al Sistema Judicial (“porquería”, “vulgar”, “basura” fueron algunos de los epítetos que utilizó).
Con manos cuidadas por manicure, el pelo untado por múltiples productos capilares y un exceso de gestos exagerados hasta para un argentino/italiano, el entrevistado dejó ver que la humildad, el perdón, la modestia y el recato no forman parte de su personalidad ni de su formación cristiana. Pero le “robó” el programa a Silva que quedó mudo ante el extenso monólogo.
Y a todos, incluso al entrevistador, se les olvidó la verdadera historia de Radio María, las denuncias de los hechos en la Sabana, dignos de la obra de teatro de Paula Vogel “Cómo aprendí a manejar”, y el terrible asesinato de un colega de Silva al que callaron para siempre.
Las paredes oyen, la carne es débil y… es cara. Hacerle propaganda al oneroso restaurante de una “Máscara” en un programa periodístico, ¿está bien?
 Esperemos las entrevistas a don Beto, al “Chunche”, a doña Inés: verdaderos personajes y constructores de una identidad positiva del país.

Claudia Barrionuevo 

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Claudia Barrionuevo