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Lunes 3 Septiembre, 2007

La necesidad sí tiene cara de perro

Los recursos disponibles en el mercado nacional para prestar “al por mayor” son enormes. Las diferentes empresas (financieras y comerciales) que financian el consumo personal, gracias a los excesos de liquidez que enfrenta el mercado, vienen librando una batalla que para las personas se traduce en tentadoras ofertas que no pueden dejarse de lado: en menos de una hora le dan crédito a cualquier cristiano, sin constancias salariales, referencias crediticias ni fiadores. No es de extrañar que uno de estos días envíen al mensajero a nuestra casa, ya no con la tarjeta, sino con el dinero en efectivo (¡vaya tentación!) y solo tendremos que firmar para su entrega. El problema que se viene incubando desde hace muchos meses, es que las personas a las que están dirigidos los créditos fáciles que no gastan tiempo conociendo a su cliente, son las de los estratos más bajos de la sociedad, quienes no cuentan con una cultura bancaria o financiera básica que les permita tomar una decisión informada y responsable, y quienes lo único que ven en ese dinero fácil es la posibilidad de llevar una refrigeradora nueva a la casa para sustituir la hielera improvisada, o para adquirir un televisor para poder ver los partidos tranquilamente sin que molesten los partidarios de las novelas. Para todas estas personas solo existe una pregunta: ¿Por esta felicidad, cuánto debo pagar? Y si la respuesta pasa por la comprobación en el momento del depósito salarial mensual, no dudará en tomar el préstamo, sin considerar el rumbo que puedan tomar en el futuro las condiciones de su carga financiera, o que el sector en el que trabaja esté amenazado por la aprobación del TLC. ¡A disfrutar ahora, que después veré qué hago!
Ya hemos visto como en otros países estas explosiones crediticias han ido acompañadas por un ciclo de grandes crisis financieras, aunque la física nos recuerde que todo lo que se expanda, en algún momento se contraerá.
Las tasas de interés tan sugestivas y sexys de hoy en día, necesariamente iniciarán el golpe de péndulo hacia el alza en cualquier momento y, cuando eso suceda, todos estos asalariados y amas de casa que dependen de ingresos relativamente inflexibles, que no podrán subir al ritmo de las tasas activas, tendrán que decidir en algún momento entre pagar el televisor o comprar la leche de los niños. Y entonces vendrán las moratorias, los embargos, los procesos judiciales, en fin, será cuando la burbuja que con tanta creatividad mercantil ha venido siendo inflada por los banqueros y comerciantes, estalle para perjuicio de todos, pero particularmente de esas personas humildes, que cedieron a la ilusión del dinero fácil y que tendrán que enfrentar cuentas impagables y, con el tiempo, ver en riesgo el ingreso familiar necesario para suplir las necesidades básicas.
Aunque uno entiende que existe una responsabilidad personal en cada uno de los que obtienen este tipo de créditos, lo cierto es que el Estado no puede cerrar los ojos ante la realidad que se presenta hoy, pero sobre todo ante el inminente peligro que se vislumbra mañana.
La defensa del consumidor debería tener la capacidad material y humana necesaria, para llevar un mensaje de cordura a todos y cada uno de esos “sujetos blanco” del mercadeo crediticio, para enfriar las calenturas capitalistas que viven los costarricenses de hoy, aunque sabemos que la oficina encargada en el Ministerio de Economía, trabaja con las uñas, y sus posibilidades se reducen a lo que la prensa, de forma magnánima y casi filantrópica decida colaborarle.
La sola imagen de una explosión social como la mexicana en los años 80 o la argentina en los 90, me pone los pelos de punta. Nuestro país no merece que la ceguera histórica de nuestros gobernantes nos castigue acremente. Merecemos actitudes responsables, guía oportuna y previsión adecuada de los riesgos futuros. Ojalá esta sea la vía de acción en el cortísimo plazo.

Rolando Coto Vargas,
cédula 1-766-246
[email protected]
http://cotovargas.spaces.live.com