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Martes 19 Mayo, 2015

La moral costarricense

Todos conocemos a alguien que pagó un soborno por la licencia de conducir o para que no le hicieran una infracción. Conocemos a más de una persona que conduce siempre a velocidades temerarias y otras que, para conseguir un puesto de trabajo, debieron recurrir a la influencia de algún conocido.
Sabemos que muchos productos y servicios no se facturan a cambio de una disminución en el costo. Tampoco nos extraña que se nos diga, sin disimulo, a cuál médico hay que acudir para que nos consiga un campito.


Nada de esto nos alarma, es parte del día a día, de la cultura tica, la misma con la que justificamos cualquier llegada tardía. Todos sabemos que así es y ¿qué pasa? Nada.
A nivel moral, los costarricenses somos niños pequeños. La IV encuesta sobre corrupción en la función pública de la UCR de 2011, nos hacía ver que en un año nos gastamos ¢18 mil millones dando y recibiendo sobornos.
No se trata de grandes transnacionales, de grupos delincuenciales o el narco, sino de ciudadanos comunes, de usted y yo.
Aun así, cuando me arriesgo a decir públicamente que nuestra moral es débil, no falta quien lo niegue y se rasgue las vestiduras. Nos resistimos a creer que, como pueblo, metimos la pata y buscamos excusas —buenas y malas— para justificar estos comportamientos.
El principal problema costarricense no es económico, legal o político, es ético.
No es la falta de recursos u oportunidades, ni siquiera que existan muchísimos delincuentes de cuello blanco, sino que todos robamos un poquito, mentimos un poquito, vagabundeamos un poquito y lo mismo se repite con una serie de vicios que, por practicarlos poquito, no nos sentimos culpables de lo que pasa.
Si cada habitante de este país cumpliera con lo que le corresponde, como persona, ciudadano, estudiante, trabajador y demás roles aplicables, nuestra realidad sería otra.
Pero muy pocos están dispuestos a cambiar si los demás no lo hacen primero, porque el que hace lo correcto es quien sale perdiendo en una nación donde cada uno piensa solo en sí mismo.
Esta es una cultura que se nos materializó lentamente, a través de muchos años de descuido, por lo que no será posible cambiarla de un día para otro. No hay píldoras mágicas de moralina, ni un mesías propio o importado que venga a poner orden a este asunto.
Por eso y con mucha más razón, no podemos demorarnos más.
Y si no podemos salvar al país de una sola vez, habrá que ir cambiando espacios más pequeños. Hay entornos organizacionales, educativos y familiares que promueven cierto tipo de comportamiento que poco nos conviene para salir adelante, pero hay otros, que aún bajo un panorama general desalentador, logran que las personas edifiquen sus virtudes y las extrapolen a otros espacios de su vida.
A Costa Rica la hacemos sus habitantes, de esa realidad, para bien o para mal, no hay escapatoria. Si usted y yo (y algunos otros cuantos) nos ocupamos de promover una cultura más sana en nuestros ámbitos pequeños, quizá en unos años (no pocos), esta moral costarricense que da pena, se convierta en algo distinto, una que nos saque del atolladero donde, sin querer, nos hemos estancado.

Rafael León Hernández
Psicólogo