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Sábado 14 Diciembre, 2013

Que me perdone Cide Hamete Benangeli, primer autor del Quijote, y también Cervantes, que nos lo dio a conocer; pero el gusto por la obra (….) a Unamuno se lo debo


La locura de Quijano

Con un par de décadas de retraso, decidí leerme aquel libro sobre el ingenioso hidalgo. No porque me entrara algún remordimiento tardío por tan solo haber echado un vistazo a aquel resumen de un resumen, adquirido en una tienda de libros usados, sino porque con mi antojo de abarcar la obra de Unamuno, no podía leerme la Vida de don Quijote y Sancho, sin conocer primero el escrito de Cervantes.
Comprendí, tras recorrer las primeras páginas, que igualmente debería haber leído muchos libros de caballería de los que en este se hace mofa, por lo que sería incapaz de sacarle todo el provecho, o encontrarle el sentido pleno que su autor deseaba.


No pude menos que pensar en las implicaciones de poner a nuestros jóvenes a leer, sin mayores herramientas, una historia que requiere el conocimiento de muchas otras que no tienen a mano.
Es —para entenderme con los que prefieren el cine a las letras— como ver una película que hace parodia de otras, sin ver esas primero; se entiende la generalidad, pero no se captan las sutilezas.
En mis años mozos, tampoco tenía el mínimo conocimiento sobre mitología para reconocer cada una de las muchas referencias, ni tampoco había leído aquel Quijote de un supuesto Avellaneda como para entender por qué tenía tanto interés Cervantes en desacreditarlo.
Ahora, más que en aquel tiempo, me apetece enterarme que la esposa de Sancho primero fue Juana y después, por un sutil olvido del autor, se convirtió en Teresa.
Que por un error semejante, el Quijote primero conocía a su Dulcinea como un amor de juventud, pero luego conocía solo su fama, y Sancho montó a su querido rucio después de que le fue robado y antes de recuperarlo.
Con esta edad, me parece interesante que el Quijote haya conocido a lectores del Quijote, o que Cervantes declarara, al introducir su obra, que a falta de citas se las inventaba o que consintió la intención de copiar la bibliografía de otros libros.
Ahora sé cuáles supuestas historias quijotescas que me han contado aparecen en el libro y cuáles no. Al fin puedo responder con seguridad que en la obra sí ladraron los perros, pero no porque cabalgaran los protagonistas.
Ahora sé que la mayor locura del Quijote no es haber perdido el juicio, sino haberlo recuperado. Y eso lo sé, no por Cervantes, sino por Unamuno, pues leída la historia pude entonces revivirla bajo su lupa y encontrarle un nuevo significado.
Así, la historia no es más la de Alonso Quijano, es la de España, la de la humanidad entera. No es una narración sobre geografía y caminos recorridos, sino de formas de entender y enfrentarse con la vida, con uno mismo.
Pero esto lo hago con algunas décadas encima, cuando —como el caballero— también he sido andante: cuando me encuentro a mí mismo aquijotado y asanchado. Poco provecho le habría encontrado antes de ponerme mi armadura y encontrarme con gigantes que algunos ilusos confunden con molinos.
Que me perdone Cide Hamete Benangeli, primer autor del Quijote, y también Cervantes, que nos lo dio a conocer; pero el gusto por la obra, las razones de la sinrazón del andante caballero, a Unamuno se las debo.

Rafael León Hernández

Psicólogo