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Viernes 8 Octubre, 2010

La ética no es un valor

En más de una ocasión me he encontrado la palabra ética para referirse a un valor organizacional, siendo que esta engloba a los valores y no al revés. Analizadas las definiciones que suelen colocarle, fácilmente se descubre que se le ha confundido con la integridad, la cual sí puede ser comprendida como un valor.
No deja de tener lógica la analogía, puesto que se presupone que toda persona ética debe ser íntegra, es decir, coherente en todos los ámbitos de su vida, así como lo debe ser su discurso en relación con sus actuaciones.
Pero la ética es mucho más compleja que eso, es una característica humana que le orienta hacia un fin determinado y le permite —parafraseando a Aristóteles— moderar el temperamento entre el exceso y el defecto. En otras palabras, es lo que nos hace humanos, por cuanto la razón ha de imponerse sobre nuestros instintos animales. Los valores en este caso, incluyendo la integridad, son orientadores en este proceso de forja del carácter.
Situación similar ocurre con el uso de la palabra mística para referirse a un valor. La mística se relaciona con experiencias espirituales o contemplativas, pero en el uso organizacional se le confunde con la tenacidad, o bien, con la vocación.
Estas precisiones podrán ser consideradas por algunas personas como majaderías, no faltará quien cite a Shakespeare (“La rosa no dejaría de ser rosa, tampoco dejaría de esparcir su aroma, aunque se llamara de otra manera”), pero las palabras existen para darnos a entender y podríamos estar transmitiendo un mensaje distinto al que queremos. Así como desconfiaríamos de un anuncio que diga “ce asen rebiciones de hortografia”, tampoco creeríamos en la eticidad de una organización que no sabe qué significan sus propios valores.

Rafael León Hernández
Psicólogo