Carlos Denton

Carlos Denton

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Miércoles 21 Abril, 2010


La diáspora nicaragüense

Se encuentran laborando en la zafra salvadoreña, recogiendo el café de Costa Rica, Honduras y Guatemala, trabajando en la ampliación del Canal de Panamá y en las construcciones por dondequiera en Costa Rica. Se hallan como empleadas domésticas en los mejores hogares desde Panamá hasta Madrid y Roma, como cocineras en Miami y Montreal, como mucamas en Las Vegas, y como asistentes en hospitales por todo Norteamérica.
Importantes proporciones de por lo menos dos generaciones de jóvenes nicaragüenses se han visto en la necesidad de abandonar su país en busca de la mera supervivencia. Es probable que muchos de los que salen a los países vecinos para laborar en las cosechas regresen a Nicaragua, cuando terminan en lo que es un empleo temporal. Muchos más, quizás la mayoría, se quedan en el exterior, regresando eventualmente para visitar a sus familiares que han quedado atrás.
Si Costa Rica ha recibido medio millón de nicaragüenses de esta diáspora, y el número exacto está en disputa, hay otro millón y medio que han salido a otros países. No extraña que la ministra de Trabajo de Estados Unidos, Hilda Solís, sea descendiente de una madre que dejó Nicaragua hace 45 o más años.
Si algo sabemos todos los que hemos conocido a los nicaragüenses es que son muy trabajadores. En muchos casos realizan tareas que no quieren hacer los nacionales de los países adonde llegan. Ni los costarricenses, ni los salvadoreños quieren trabajar en la recogida del café, no quieren pasar días bajo el sol, machete en mano, chapeando caña. Los nicaragüenses están dispuestos a trabajar largas horas, a laborar fines de semana y en las noches, a limpiar inodoros, trastos, pañales, a barrer pisos y a jalar cemento, tierra, arena, como peones de la construcción. Necesitan salir adelante y están dispuestos a hacer el esfuerzo necesario para lograrlo.
Lo que queda por verse es lo que motiva esta diáspora. Normalmente cuando un pueblo se moviliza al exterior en cantidades como las citadas es porque ha habido masacres, persecuciones, hambrunas, o invasiones de guerreros extranjeros crueles. Nada de esto ha ocurrido en Nicaragua. Es un país en paz, fértil, con recursos naturales amplios, con agua en abundancia. Lo que no hay es empleos.
Sería fácil y simplista culpar a un grupo de políticos, o la falta de visión de la clase empresarial. Pero la verdad es que el error fundamental de este país vecino de Costa Rica es que no se ha empeñado en educar a su pueblo. Igual como en las otras naciones de la C4 (Guatemala, El Salvador, Honduras) y en contraste con Panamá y Costa Rica, sigue habiendo tasas significativas de analfabetismo adulto en Nicaragua. El nivel educativo promedio de los nicaragüenses es de tercer grado —la mitad de la población adulta tiene menos de ese nivel educativo.
Los sandinistas, en la época de la revolución y ahora, ostentan un programa de alfabetización que constituye una iniciativa positiva. Pero mientras que en Nicaragua están enseñando a leer y escribir con lapiceros número dos en cuadernitos, en Costa Rica y Panamá las poblaciones están aprendiendo el inglés y la operación de computadoras.
En Costa Rica nos “jalamos las mechas” porque no hay suficientes trabajadores con más de dos idiomas y que también manejen computadoras; en Nicaragua, en el siglo XXI todavía están aprendiendo a leer y escribir.

Carlos Denton
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