La cultura del miedo
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La cultura del miedo

“¡Temo que me saquen del equipo si digo lo que pienso!”. “¡Es arriesgado decir la verdad!”. “¡Aquí hay que fingir que apoyamos los de arriba!”. Es lamentable que haya equipos desperdiciando la oportunidad de alcanzar el alto desempeño debido a un ambiente que inhibe a sus miembros de expresar sus percepciones, emociones y criterios.
Podemos tener tres interpretaciones sobre el miedo. En la primera, esta sensación es positiva pues estimula la superación, el máximo esfuerzo y el deseo de vencer barreras; además, previene el desenfreno y nos aleja del fracaso. En la segunda, argumentar miedo a decir las cosas podría ser una forma sutil de evadir responsabilidades. Lejos de existir represalias, hay un conformismo propicio de quienes no apetecen los nuevos retos y por eso se escudan en un falso miedo, inventado por ellos mismos.

La tercera interpretación es la que deseamos destacar: El miedo es real, pues decir lo que se piensa puede ser motivo de represalias. En este contexto sufren la creatividad, la proactividad, y el compromiso. El miedo separa a las personas, neutraliza la agilidad mental y constituye un terreno fértil para el fracaso porque la actitud defensiva inunda el ambiente de trabajo.
Cuando ese tipo de pensamiento reactivo se convierte en hábito, se duda hasta de las buenas intenciones y del cambio de actitud de los demás. Es más, se podrían rechazar personas con buena voluntad, por el miedo a lo desconocido. Según un refrán: “el miedo conduce al enojo, el enojo a la ira y esta al sufrimiento”. La alta tensión ante el temor reduce la tolerancia, el discernimiento y la empatía entre jefes y colaboradores.
Quienes sufren el miedo no trabajan fuerte por responsabilidad, deber o deseo de alcanzar objetivos; lo hacen para evadir reprimendas y mantener su posición en el equipo. ¿Quién es el responsable de abrir el portón para cruzar ese límite?
Algunos dirigentes y técnicos deben abandonar el miedo de constatar si inspiran seguridad, apertura a la conversación franca y prudencia para decidir sobre lo que escuchan. Deben ser sensatos y rectificar conductas que atemorizan; la amenaza es una manifestación de incapacidad para convencer, persuadir y modelar comportamientos.
¿Padece su organización la cultura del miedo? ¿Cómo sería la misma sin ese ambiente y a quién le diría usted, entonces, lo que ahora calla? Según Dadi Janki, “decir lo que está mal, si se hace con humildad, puede señalar el camino hacia lo que está bien”.

Germán Retana
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