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Sábado 31 Marzo, 2012

La buena voluntad

Me encontraba nuevamente en el local de costumbre esperando mi café, cuando una voz a mi espalda dijo “¿profesor?”. Volteé instintivamente y allí estaba esa mujer que me miraba fijamente.
“¿Se acuerda de mí?” preguntó. Mi cabeza empezó a trabajar rápidamente, pero solo pude pensar que a esta altura habré dado clases a unas mil personas. Siendo sincero, le contesté que no. Entonces insistió “acuérdese, ¿dónde daba clases hace tres años?”. Recordé varios lugares, mencioné el nombre de uno y ella dijo “exactamente”.
“¿Se acuerda que yo iba con mi hija porque estaba enfermita?”. Efectivamente, recordaba un par de casos similares, pero aun así su cara no se me hacía familiar. Terminé diciéndole que me parecía recordar, más que todo por el compromiso y para tratar de no prolongar el examen a mi memoria.
“Vieras que mi hija ha seguido malita”, dijo con los ojos vidriosos. Con la empatía a flor de piel, le pregunté qué le había pasado y empezó a contar una historia que tenía que ver con tumores, San Gabriel de Aserrí, pérdida de la vista y exámenes médicos muy costosos. Recién allí me di cuenta de que algo no estaba bien.
Ya casi llorando, me explicó que quedó debiendo no sé cuánto dinero al médico —de quien me dio hasta el nombre— y si yo se lo prestaba, esa misma tarde pasaba a devolvérmelo. “¿Cómo me salgo de esta?” me pregunté.
“Disculpará que le consulte —le indiqué— pero, ¿de qué le di clases a usted?”. “Derecho” dijo en el acto, inspirada posiblemente por la corbata y la proximidad de algunos despachos judiciales en la zona. Evidentemente, jamás en la vida he dado una clase de derecho y mi cara le habrá revelado que había sido pillada, pues manifestó haberse equivocado y huyó en el acto.
Allí me quedé yo, con el café en la mano y revisando mi billetera (por si acaso). Así es como se va matando la buena voluntad de la gente: creando desconfianza en cada persona que se te acerca con una sonrisa.
Hice fila para pagar mi compra, como no había ningún oficial de seguridad, le conté a la cajera lo que recién había sucedido para que tomaran previsiones, me agradeció el gesto y me deseó un buen día. Al menos ella —quise pensar— y las demás personas que estaban de paso camino a su trabajo, se ganan el pan con su labor y no con engaños. ¿Una persona —o varias— será razón suficiente para perder la confianza en la humanidad entera?
Quizá no, pero sí para andar con mayor cuidado.

Rafael León Hernández
Psicólogo