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Lunes, 19 de agosto de 2019



FORO DE LECTORES


La arquitectura, el poder y la Asamblea Legislativa

| Miércoles 15 septiembre, 2010


La arquitectura, el poder y la Asamblea Legislativa

La arquitectura como herramienta capaz de resignificar los espacios es un arma poderosa. En la antigüedad, los griegos lo tenían muy claro: Atenas, con su icónico Partenón proclamaba la supremacía de ésta sobre las demás ciudades-estado de la Liga de Delos.
Por su parte, las culturas precolombinas en América dominaron el surrealismo arquitectónico conectando al inframundo con el espacio cósmico. Un ejemplo es la pirámide de Kukulcán en Chichen-Itzá donde, durante los equinoccios, el movimiento de la luz en las escaleras asemeja el movimiento de las serpientes que surgen de las entrañas de la tierra.
Los espacios trasmiten los mensajes simbólicos de manera vivencial y le hablan a los sentidos más allá de la racionalidad. En otras palabras, los monumentos propician una experiencia interactiva filosófica total.
En los tiempos contemporáneos, la capital norteamericana traza un hilo conductor hacia el imperio grecoromano; el monumento a los caídos en la guerra de Vietnam con su muro de mármol negro a nivel inferior, nos habla de una visión sombría de esa guerra: luces, anhelos y sombras.
En la prosaica San José, se planteó durante la administración anterior construir un centro cívico con dos objetivos filosóficos y políticos: suministrar una vivencia de la democracia a una ciudadanía desilusionada por su desempeño en aras de revalorizar nuestro frágil sistema y rehabilitar la ciudad, dentro de una visión acorde con la enunciada vocación “verde” del país.
La nueva Asamblea Legislativa proponía revocar el proyecto para ubicarse en un edificio de oficinas ya construido en Zapote. Su visión utilitaria del espacio y de la democracia no hace más que traducir su desempeño político, hasta ahora autocentrado en proveerse salarios y vacaciones. Dicha propuesta, aparentemente ya descartada, desviste de valor simbólico y filosófico el espacio ocupado por el máximo poder de la República, en tanto promovía la concepción de una democracia oportunista y desechable y reforzaba a los centros comerciales como espacios públicos transmisores de valores.
Una Asamblea Legislativa albergada en un oficentro va acorde con una visión empresarial del Estado en donde priva la exclusión antes que la inclusión, el consumidor antes que el ciudadano y el mercado antes que el ser humano. El Estado se reduce así a un facilitador de mercados, esotérica y míticamente concebidos y niega la concepción de un Estado consistente con la democracia.
A esta negación del humanismo de la democracia se une la pérdida de una valiosa oportunidad para rescatar nuestra maltrecha capital. Las ocurrencias, los disparates y las actuaciones bajo el influjo de rivalidades cuasi infantiles no son pilares capaces de proveer sustento a una democracia madura.

Patricia Clare
Historiadora