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La adolescencia

Leopoldo Barrionuevo [email protected] | Sábado 16 febrero, 2008


Elogios
La adolescencia

Leopoldo Barrionuevo

La adolescencia es la etapa de la vida que en mis tiempos se iniciaba cuando el vello de las piernas y la cortedad del pantalón exigían acabar con las medias tres cuartos; en el caso de las niñas era la época en que los cambios físicos eran menos visibles o bien se los disimulaba. Ellas llegaban antes, dejaban la infancia de las muñecas e intentaban copiar a las hermanas mayores, a tías o mamás y soñaban con las medias de seda, faldas más ajustadas pero igualmente largas y tableadas (la minifalda llegó en los 60) y busto destacado.
Vivían un periodo difícil porque antes de los 15 las rodaban todos los adolescentes del barrio y sea que tuvieran hermanos mayores o tíos celosos, contaban con cancerberos difíciles de sortear; a mi hermana no le tocó así y dado que me llevaba seis años tuve que convertirme en un chaperón antipático, con una sola gran ventaja: en los 40 participé en los bailes de barrio donde actuaban Troilo, Pugliese, D’Arienzo, D’Agostino, Caló, Tanturi a quienes pude disfrutar en su época de oro, que no era la mía, entre los nueve y los 14, después dejé de ser un pegote y tuve que arreglármelas por mi cuenta cuando mi hermana se casó y fue a vivir a la pampa con su marido médico.
Hasta entonces mi vida giraba alrededor de la radio, el fútbol y la lectura y las escapadas al bajo de Flores donde más allá del cementerio y la Quema se extendía el bañado que concluía en Pompeya y donde navegábamos en los forros de cinc de los ataúdes que se arrojaban en las orillas, remando con escobas.
Nunca lamentamos la falta de pelotas de goma porque el mundo estaba en guerra y nos arreglábamos bien con las de trapo, que facilitaban el lucimiento individual y el “amase” a rastrón porque no picaban y si las pateabas fuerte se desarmaban: había que ser delicados y avanzar sin carreras —como bailando el tango— sin darnos cuenta que se iban los años imborrables y disfrutando el verano hasta las diez que era cuando el sol se ocultaba.
Vinieron los pantalones largos o “leones” y la raya era una delación de lo que habíamos hecho y empezaron nuestras dolencias, nuestros enamoramientos, nuestras escapadas, una etapa que iba entre los pantalones largos y el llamado a filas de la conscripción inevitable, cuando se cumplían los 21 “adentro”. Las dolencias del crecimiento dieron nombre a la adolescencia en español, pero en latín, significa crecer, que se ha desarrollado y más propiamente oler (emitir olor) hacia (ad) que se refería a la ofrenda a los dioses. Sin comentarios.
Por entonces no nos diferenciábamos mucho por la vestimenta, por cierto era muy seria y discreta pero en barra, uno se podía vestir a lo Divito con sacos largos y solapas anchas, pantalones abombillados y camisas de cuello ancho para albergar unas corbatas enormes. Las chicas acentuaron la figura con ropa cosida al cuerpo y meneaban las caderas de tal forma que al mirarlas ir de un lado a otro les decíamos: “para mí, para vos, pa’ ninguno de los dos”, (¡qué gilipollas!)
El mayor problema fue definirnos: en lo filosófico, en lo político, en lo profesional y en el amor, algo que por entonces era para toda la vida. Sin dejar de mencionar que era habitualmente la edad del debut sexual.
Fumábamos, pero no delante del viejo, cuidábamos el lenguaje delante de las damas, les cedíamos el lado de la pared quitándonos el sombrero, que era una prenda infaltable, piropeábamos con elegancia, nos colábamos en los casamientos y evitábamos el noviazgo, aunque el matrimonio llegaba temprano.
Cada tiempo tuvo su encanto y lo tiene aún, pero nunca supimos disfrutarlo cuando lo vivimos: en la infancia y la juventud rezando por llegar a la adultez y en los años maduros y en la vejez, queriendo volver atrás. Nunca la pegamos, siempre anduvimos perdidos, lo mejor nos pasó cuando lo despreciamos y no nos dimos cuenta de lo hermoso que era lo que estábamos viviendo.

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