Arnoldo Mora

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Viernes 1 Agosto, 2008

La religiosidad popular y su significación

Arnoldo Mora

En las semanas previas a la celebración religiosa por excelencia del pueblo costarricense, como es la del 2 de agosto en la Basílica de los Angeles en Cartago, las calles de todo el país se convierten en el escenario de un espectáculo piadoso que contrasta con lo vivido cotidianamente. Esas calles que, por desgracia, son noticia pero en las crónicas de sucesos por la cantidad de accidentes y crímenes que ensangrientan y enlutan nuestras familias, se ven en estos días inundadas de piadosos romeros que peregrinan hacia el santuario de la Patrona de Costa Rica. Posiblemente estamos ante el evento de masas más grande de la región. Los medios de comunicación hablan de que este año se esperan más de 2 millones de romeros, cuya presencia inunda todos los caminos que conducen a los pies de la venerada imagen.
Esto significa que prácticamente la mitad de los costarricenses hacen este peregrinaje de fe y esperanza. Ningún otro fenómeno de masas le es comparable en magnitud y fervor; ni el fútbol, ni los conciertos con las estrellas de moda del rock, ni los movimientos ideológicos y sus carismáticos dirigentes mueven tantas multitudes y conmueven tantos corazones como esa diminuta imagen de piedra extraída de las entrañas de nuestra tierra y que, desde los lejanos días de la Colonia, se ha convertido en símbolo de la identidad nacional, de la “costarriqueñidad”, al igual que lo es para los mexicanos la Virgen de Guadalupe.
Las causas de este impactante fenómeno sociocultural tiene hondas raíces históricas, pues los santuarios dedicados al culto de la Virgen María se extendieron en toda la geografía americana ya desde finales del siglo XVI. Esta religiosidad popular sirvió mucho más que el poder colonial para aglutinar y dar una incipiente identidad a nuestros jóvenes pueblos mestizos. Tal es el caso del culto a la Virgen de los Angeles, que ha acompañado a los costarricenses en todos los eventos más significativos de nuestra historia.
Hoy que nos adentramos en un nuevo siglo y empezamos a escribir otra página de una nueva época, debemos escuchar en esta impactante manifestación de masas el clamor de todo un pueblo, reclamando cambios radicales en el rumbo que se le ha tratado de imponer en las dos últimas décadas. Ahora se trata de retomar las sendas por las que siempre ha transitado este noble pueblo inspirado en sus mejores valores democráticos y basado en el respeto y profundización del Estado social de derecho.
Es en ese sentido que debemos insistir en el pronunciamiento de los obispos y movimientos sociales y campesinos exigiendo cambios en las políticas económicas en el agro. Detrás de los susurros y plegarias se levanta un clamor pidiendo que la política agraria vuelva a dar énfasis en la producción nacional, en el consumo en función del mercado interno y dar prioridad a los productos que constituyen la canasta básica de la mesa de la mayoría de los costarricenses. Jerarquías políticas y religiosas deben escuchar ese clamor que se escucha en calles y templos. Es allí donde radica el verdadero sentido de esta impactante manifestación de fervor religioso que cada año se acrecienta a contracorriente de una sociedad cada vez más secularizada.