Leopoldo Barrionuevo

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Sábado 8 Marzo, 2008

Elogios
La ostentación

Leopoldo Barrionuevo

Cuando llegué a Costa Rica contratado por la Cervecería, don Jaime Solera tuvo la gentileza de atenderme y una vez que conocí su importancia como presidente del Banco Central y sus múltiples empresas, pidiendo disculpas por el atrevimiento le pregunté por qué, siendo un hombre de dinero, manejaba un Oldsmóbile de varios años de uso. Me respondió que debía aprender al pisar Tiquicia, que en este pequeño país había que cuidarse de ostentar porque era pecado mortal y si no lo era tener dinero, lo importante es que este no se notara, ni llegara a ofender.
Poco después aprendí el significado de “bombeta”, esa especie de petardo que anunciaba las fiestas patronales de los pueblos con un ruido infernal y sin mayores riesgos, es decir “mucho ruido y pocas nueces” y que se asignaba a los que se sentían “la mamá de Tarzán, envuelta en huevo” o sea lo máximo. Recordé que en Venezuela y Colombia un vocablo similar era “apantallar” o “pantallero” desplegar lo que se tenía o no, con afán protagónico no disimulado, lo que en otras latitudes podía ser el “chanta” argentino, un derivado de “ciantapuffi”, lunfardo derivado del genovés plantaclavos, que es quien no paga sus deudas y gusta aparentar conocimientos, bienes, grandeza, relaciones importantes, poder o cargos que no tiene, un engreído moral, fatuo, sifrino… En suma, un manda parte, que en Costa Rica era por entonces algo deleznable.
Más tarde, en mis viajes de trabajo me tocó compartir vuelos con presidentes ticos que viajaban en clase económica y recorrían el avión saludando a todo aquel que diera muestras de reconocerlo, algo que sigue diferenciándonos de otros países con aviones privados costosísimos, dignos de un emirato árabe.
Pero en Tiquicia pasó el tiempo y aquellos que podían pero que se ufanaban de una Costa Rica sin pobreza extrema, con seguro social extendido y trabajo, han cambiado: una nueva sociedad se va acomodando en propiedades versallescas y si la gente en el pasado había hecho fortuna con la agricultura y olía a banano y a café, la que adviene huele a lavado y no porque estén limpios, mientras en su afán por hacerse ver y que los vean recurren a la cirugía de las siliconas.
A veces hablamos tonterías y nos quejamos más de la cuenta, pero en nuestra tradición, continuamos dando un ejemplo al pueblo. Veamos si no, lo que gana un presidente americano: el máximo ingreso es el de Bush con cerca de $35 mil mensuales y el mínimo es Fidel con menos de $30 porque no los necesita. Sigue Colom, de Guatemala, con $18.700; Bachelet, de Chile, y Felipe Calderón, de México, con un promedio de $13.500 mensuales y después Uribe con $9 mil seguido por los $8.400 que devenga el humilde presidente de Venezuela (¿) y más que Lula con $6.500 gracias a un aumento reciente. Zelaya, de Honduras, gana $5.100 pero su esposa $4.200. Saca, de El Salvador, $5.200 pero “saca” más porque su esposa percibe $2.700. Alan García, de Perú, tiene un salario de $5.500 y Rafael Correa, de Ecuador, con apenas $4 mil después de retenciones. Torrijos también pero hay que sumarle $3 mil de representación. Daniel se arregla con $3.200. Leonel, de Dominicana, $2 mil pero los gastos son secretos y en Paraguay, Nicanor Duarte, percibe menos de $3.500 incluyendo gastos de representación.
La elegante presidenta argentina, Cristina Fernández, solo gana algo menos de $2 mil pero con $2.400 de gastos de representación, lo que no alcanza para la ropa; Evo Morales es el pobre con casi $4 mil que él redujo a la mitad al asumir. Tabaré Vásquez, de Uruguay, es un secreto de Estado.
Faltaba Oscar Arias con $8.500 pero como los dona y hace cola y paga en los espectáculos a los que asiste, no entra en la categoría de ostentoso y bombeta. Noblesse oblige.

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