Alejandro Madrigal

Alejandro Madrigal

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Viernes 10 Marzo, 2017

Si yo fuera mujer, no podría lidiar con la idea de que mi útero es asunto de interés público

La maldición de ser mujer en el siglo XXI

El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, es una fecha histórica y conmemorativa. No es una fecha para regalar flores o chocolates, ni lo es para felicitar a las “dueñas de nuestros corazones” ni a los “seres incansables dadores de vida”.
La fecha conmemora importantes hechos como el incendio en la fábrica Triangle Shirtwaist de Nueva York, donde murieron más de 100 trabajadoras producto de negligencia de los dueños de la empresa; e invita a la reflexión sobre el papel de la mujer en la historia, y sobre las disparidades e injusticias que todas y todos vivimos y que replicamos.
Como expuse en las columnas anteriores, son muchos los ejemplos de asimetrías que ocurren entre hombres y mujeres, producto de roles de género inflexibles y con poco razón de ser hoy en día. Roles de género patriarcales que le imponen a la mujer un papel secundario y le asignan al hombre el deber de liderar; y esto ocurre desde el seno de la familia, hasta el gobierno; desde pequeñas empresas familiares, hasta grandes firmas, todas aportando a la economía costarricense. La mujer con los años ha logrado conquistas sustanciales, que han disminuido la brecha y le han dado mayor margen de acción y protagonismo, pero aún queda mucho por qué luchar por cambiar. Y desgraciadamente, para muchas personas, esas conquistas valiosas son suficientes y bastan para haber alcanzado igualdad.
La mujer debe dejar ser vista como un actor externo al que los hombres invitan a participar para agregar “su toque”. Las mujeres son la mitad de esta sociedad, son parte integral y su participación en todo ámbito social, económico y político debe ser así; integral, no accesorio.
Y es que para los hombres en particular, una de las barreras que nos impiden sensibilizarnos en el tema de género es la incapacidad por ponernos en los zapatos de las mujeres. Uno de los temas que recientemente me han puesto a reflexionar y a hacer el sano ejercicio de “ponerme en sus zapatos”, fue el leer sobre el frecuente acoso y la falta de libertad de las mujeres para andar en la calle.
Para prácticamente cualquier mujer, es cotidiano tener que cuidarse extra para andar en la calle y evitar “piropos”, frases soeces, manos que las puedan tocar o agredir, o abusos mucho más graves. Y para muchas de ellas es indispensable tomar medidas como mirar por encima de su hombro constantemente, no despegar la mirada de los hombres que se puedan aproximar, cruzar al otro lado de la calle si un hombre se aproxima, andar gas pimienta o alguna especie de arma blanca para defensa personal, tomar taxi aun para la distancia más corta con tal de evitar pasar a pie, andar ropa distinta a la que usará en su evento porque “enseñar piernas en San José, jamás” y un gran etcétera. Cosas que los hombres no tenemos que vivir y que nos caería muy bien tratar de entender.
Si yo fuera mujer, no podría lidiar con la frustración de no tener la libertad para mostrar mis piernas en la calle, porque si me acosan, me gritan, me tocan o me violan, es mi culpa. De que si una mujer como yo fue abusada, posiblemente es porque “se lo buscó”, porque andaba con ropa descubierta o provocando. Como si el mundo girara en torno a los impulsos sexuales de los hombres, o como si los hombres fueran animales incapaces de controlar sus emociones.
Si yo fuera mujer, no podría lidiar con la idea de que mi útero es asunto de interés público y que hasta un sacerdote tiene poder de opinión y decisión sobre lo que ahí ocurre. De que no puedo tener el mismo poder que un hombre para decidir cuándo quiero ser madre, o si quiero serlo del todo, y no ser juzgada por la decisión que tome. A tener que escuchar comentarios prejuiciosos por decidir nunca ser madre, o a temer por la estabilidad de mi trabajo por decidir serlo.
Si yo fuera mujer, me generaría muchísima más impotencia ver que en todos los sectores de la economía, los hombres ganan en general más que las mujeres por realizar el mismo trabajo. Y que a nosotras nos tocan en general más labores de la casa y de los hijos. O tener que aguantar que la prensa llame a los crímenes de hombres contra sus parejas mujeres como “crímenes pasionales”, u otra serie de formas de ocultar la violencia detrás de un amor inexistente. Ver cuartos llenos de hombres tomando decisiones sobre el cuerpo de las mujeres o ver delegaciones religiosas conservadoras, cooptadas por hombres, llegar a un espacio de discusión diplomática como la ONU.
A todo esto y muchos otros ejemplos de machismo estructural se deben acostumbrar las mujeres para calzar en esta sociedad. Mi mensaje es que tanto hombres como mujeres no nos acostumbramos nunca, sino que por el contrario, nos cuestionamos tantas injusticias y aportemos cada día un granito de arena para que la sociedad sea más justa y equitativa entre hombres y mujeres. Y para los hombres en particular, la equidad de género no es solo cosas de mujeres, el cambio también empieza por nosotros mismos.