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La humildad precede al honor

Este precepto bíblico es fuente de sabiduría, tanto frente al éxito como ante las adversidades. Si se triunfa, se reconoce que el camino recorrido fue arduo y que todavía queda mucho por avanzar; si es lo contrario, la humildad ayuda a comprender y aprender de las razones para continuar la marcha. La humildad siempre enseña, en todas las aulas de la escuela de la vida.
No hay que confundir humildad con debilidad, fragilidad o baja autoestima. Al contrario, quienes logran aproximarse a ella son mentalmente fuertes y espiritualmente serenos. Ya trascendieron al hambre de adulación, fama o aplauso exterior. Creen tanto en ellos mismos que no dependen del criterio de otros para sentirse recompensados por el esfuerzo; el aplauso interior es más poderoso que el de aquellos cuyo respaldo es momentáneo.
Si se reacciona con humildad ante los triunfos, habrá suficiente espacio para mejorar aún más y mantenerse en la ruta correcta para alcanzar más victorias. El agradecimiento a los demás asegura que sus puertas seguirán abiertas. Los compañeros responsabilizan a los demás por sus logros personales y repiten, sin cesar: “¡Aquí la estrella es el equipo!”. El compañerismo es muy fuerte, el buen consejo es recibido con atención, se vale decir “no sé” y, lo más importante, se mantiene el respeto hacia los que resultaron derrotados.
Si, de igual forma, se responde con humildad ante las caídas, la posibilidad de que estas se repitan disminuye. La apertura para identificar las causas releva la búsqueda de justificaciones, la sensatez permanece intacta y el grupo muestra madurez, producto de su sabiduría en momentos difíciles. Mientras exista esta receptividad el diálogo será el puente que conectará la voluntad de reacomodar cargas, levantarse y continuar la marcha con fe y esperanza.
Quienes se esfuerzan al máximo de su potencial y se entregan por completo para servir a su equipo, van más allá del resultado de corto plazo; ellos gozan de mucha paz interior debido a la sensación de haber cumplido su deber para con sus colegas. Incluso, su pasión por pertenecer al equipo les estimula a superarse individualmente.
El hambre de aprendizaje, el respeto a la dignidad propia y del rival y el compromiso con trabajar siempre fuerte, unidos por el ideal y con los pies en la tierra, constituyen la mejor inversión de largo plazo que puede hacer un equipo.
La humildad impide el desgaste de energía en buscar culpables o procurar aplausos, en su lugar, la destina en seguir creyendo en la validez de los anhelos y en las personas con quienes se construye el destino colectivo y se compartirá, al final de la línea, el honor de ser ganadores por no haber cruzado la tenue frontera entre el sano orgullo y la arrogancia.

German Retana
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