Arnoldo Mora

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Miércoles 26 Marzo, 2008

La guerra colombiana y sus implicaciones

Arnoldo Mora

Pocos países de los que constituían el Imperio Español han sufrido una crisis tan permanente en su institucionalidad republicana como el que fuera el Virreinato de la Nueva Granada. Por esta razón, de hecho hay varias Colombias, tanto desde el punto de vista cultural (cachacos y costeños), como locales (paramilitares al servicio de los terratenientes o del narcotráfico, grupos guerrilleros) compiten con el gobierno central, cuyas fuerzas armadas parecieran estar ahora ligadas a los paramilitares. Esta desgarradora situación tiene hondas raíces históricas, dado que ni liberales ni conservadores han sido capaces de forjar el Estado Nacional y lo único que hicieron fue una ininterrumpida guerra civil.
La crisis de la Colombia actual se inicia en abril de 1948 con el asesinato del líder popular Jorge Eliécer Gaitán. Como consecuencia, nace un nuevo protagonista, los grupos armados de inspiración revolucionaria, el mayor de los cuales son las FARC. Al convertirse en el mercado mundial el narcotráfico en el más lucrativo negocio junto con el contrabando de armas, estos factores coincidieron en que esa interminable guerra civil hiciera de Colombia el principal obstáculo que hoy enturbia los mejores esfuerzos para lograr la paz y la justicia social en la región. La solución militar que preconizan, tanto el régimen uribista, como las FARC, no hace sino prolongar la secuela de dolor y muerte en ese hermano pueblo. En mi opinión, la intervención directa en la guerra del gobierno de Bush amenaza con convertir a Colombia en el Vietnam latinoamericano, implicando en ello a países vecinos.
Con ocasión del conflicto suscitado por la intervención militar colombiana en territorio ecuatoriano y ante la amenaza de una generalización del conflicto, Brasil, la mayor potencia de la región y país limítrofe con Colombia, movió rápidamente su diplomacia. El apoyo logrado por Itamaratú en la Cumbre de Río en República Dominicana fue total. Nunca se había visto un bloque latinoamericano tan firme y sólido como entonces. Washington no se lo esperaba, por lo que su derrota fue aplastante. Este mismo escenario se repitió en la última reunión de la OEA.
Pero como en todo terremoto de gran magnitud, las réplicas se han hecho sentir más allá del epicentro y han llegado a una Costa Rica que tiene el único Premio Nobel de la Paz en este momento en el mundo que es jefe de Estado, aunque brilló por su ausencia en esta la mayor amenaza a la paz regional que se haya dado desde que finalizó la guerra de Centroamérica. Más que una humillación personal a Oscar Arias, esta serruchada de piso continental no hace sino evidenciar que los gobiernos del continente consideran que a nuestro flamante Premio Nobel le quedó muy grande la camisa. Creando una cortina de humo en torno a este ridículo y orquestado por algunos poderosos medios de comunicación, el gobierno ha tratado de involucrar en una conspiración a una distinguida familia y, de paso, crear, por boca de su ministro de (in)Seguridad, un ambiente macartista contra los sectores antineoliberales, que están a punto de forjar un frente común para enfrentar a la candidata oficial en las próximas elecciones. Decadencia ética e intelectual no se había visto en la historia política de Costa Rica desde los tiempos de los hermanos Tinoco.