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Martes 24 Junio, 2008

La fe y el origen del constitucionalismo


La prensa nacional es ya un tradicional escenario de confrontación de ideas. Por alguna razón insondable, —supongo que motivada en la crisis moral que estamos viviendo-—, sucede el fenómeno de que se han avivado en los últimos meses, en las secciones de opinión de los diferentes medios de prensa escrita, los análisis desarrollados desde la perspectiva de la fe y su debate. Este enfoque ha encendido la siempre apasionante polémica entre creyentes y no creyentes y por ser tan diversa la gama de aspectos abordados, el escenario ha contado en el primero de los casos con la participación de intelectuales de las diferentes disciplinas del conocimiento que han venido martillando ardorosamente sobre la necesidad de volver a lo moralmente trascendente —y a la fe—, como salida viable frente al reto nacional. Desde la perspectiva de mi vocación de vida —el derecho constitucional-, permítaseme contribuir con un aporte al debate. Concretamente, con el objetivo de reconocer el papel de la fe en el origen esencial del constitucionalismo y de sus fuerzas morales.
Comparto la tesis —cada vez más reconocida por la doctrina constitucional— que sostiene que la primera cultura en practicar el constitucionalismo lo fue la hebrea de la revelación veterotestamentaria. Esto, gracias a la portentosa concepción que llegó a los hebreos —incomprensible para la antigüedad— de que el hombre había sido concebido a imagen y semejanza de un Ser superior, ético y trascendente. Aquello inauguró para la humanidad su propia conciencia respecto de la dignidad del hombre y permitió que, por vez primera en la historia universal, la clase gobernante de una nación estuviese sometida al imperio de la ley —en aquel caso—, la norma comprendida en el pacto antiguo-testamentario.
Corolario de lo anterior fue que dicha autoridad estuviese sometida a una suerte de límites y controles, tal y como el que ejercían los levitas y profetas sobre la autoridad monárquica, y en donde los sometidos al poder ya no eran objeto del capricho de la clase gobernante, sino que esta clase debía ser primera servidora entre iguales, todo lo cual es, al fin y al cabo, el embrión de la ideología de la constitución.
Tan trascendente esta revelación acerca de la dignidad humana, que aún la Europa anterior a la gran guerra, que afirmaba que los derechos fundamentales se supeditaban al marco de las leyes, debió reconocer —después de los horrores de la guerra—, exactamente lo contrario: que solo en el marco de los derechos fundamentales es que se deben materializar las leyes. Esta conclusión se derivó precisamente en el hecho de que, la esencia del constitucionalismo tiene sus basamentos en la dignidad del ser humano como punto de partida. Aunque este concepto hoy lo reconoce plenamente la doctrina constitucional como un gran logro de la modernidad, los hebreos —por la fe— ya lo habían conocido milenios atrás, a través del pacto bíblico.
Así las cosas —para escozor de los ilustres ateos y enemigos del judeocristianismo que han venido debatiendo en la prensa escrita—, he aquí una prueba más acerca de la fuerza interventora de la fe —misteriosa e inescrutable—, en tema tan vital para el costarricense como el de su propia constitución, amparo de sus libertades y garantías civiles.
Sirva este dato, también, como una munición más a favor de todos aquellos que, desde diferentes tribunas en nuestro país, combaten las intenciones de no pocos promotores, que anhelan proscribir y borrar de nuestro sistema constitucional todo rastro de nuestra tradición judeocristiana.
Dr. Fernando Zamora Castellanos
Abogado constitucionalista.

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