Leopoldo Barrionuevo

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Sábado 4 Octubre, 2008

ELOGIOS
La bolsa

Leopoldo Barrionuevo

Cuando era pequeño, y lo fui durante la dificultosa década de los treinta cuando padecimos una hambruna que sucedió al famoso viernes negro de Wall Street, en mi barrio los indigentes pedían pan o los restos de comida que uno no tenía.
Había en Villa Riachuelo (la primera de las Villas Miseria que se conocieron), ollas populares que se facilitaban a los desocupados que solían dormir en los refugios del Ejército de Salvación; en el Mercado Varela abundaban músicos que “rascaban” tangos por unas pocas monedas que no sobraban porque el resto de la gente eran pobres también pero al menos trabajaban.
Por esos años, brotaban por doquier en Argentina los linyeras, crotos y trabajadores golondrinas que atravesaban el país en trenes de carga mientras los ferroviarios hacían la vista gorda ante la pobreza y les permitían viajar sin pagar. Linyera provenía de lingér, que en piamontés significa hombre pobre pero croto deriva del apellido del diputado que en tiempos de hambre promovió una ley que lleva su nombre Crotto) y que permite viajar a esta gente sin ser perseguida como en Estados Unidos. Los trabajadores golondrinas son como los nicas que trabajan en una cosecha en su país y viajan a otro para laborar en otra.
Desde ya que no viajaban con maletas sino que llevaban sus enseres en costales de arpillera o bolsas de cosecha de granos que los convirtió en asustadores de leyenda, toda vez que la vieja de uno lo amenazaba si no tomábamos la sopa, no llegábamos a tiempo por no dejar la mejenga o nos tomaba la noche fuera de la casa. Portate bien o te lleva (te come) el “hombre de la bolsa” y después supe que también le decían Coco o Cuco, hombre del saco o viejo del costal.
En mis viajes se me amplió el horizonte y en Venezuela descubrí que le decían “bolsa” a los individuos tontos, boludos o comenabos. Pero un buen día estaba ante mí el verdadero “hombre de la bolsa” y fue cuando en Wall Street se me apareció la Bolsa de valores, el templo neoliberal por excelencia, adorado por los advenedizos que en la década del setenta dieron una vuelta de tuerca al mundo cuando se inició el nuevo siglo tras el embate del petróleo y la creación de la OPEP, al decir de Peter Drucker.
Fue también la caída momentánea de la izquierda en estos ciclos vitales que van y vienen y lo que ayer era verdad hoy es apenas una mentira pasajera que se ocultará tras la muerte y el olvido.
La del 29 era una crisis dominada por la Ley Seca de la etapa de la Prohibición, mientras la presente lo es de la droga. Fue la coronación de los años locos que en USA se vieron en la bonanza que dominó la economía desde 1925; ya sabemos lo que sucedió en Alemania, Italia y España pero también los dolorosos años que cabalgó Roosevelt desde 1933 con su New Deal, todo lo cual nos condujo a la Segunda Guerra Mundial.
La Globalización actual no nos brinda escapatoria, aquí nadie se salva porque el hombre de la Bolsa de Wall Street ha jugado a una bonanza ficticia de la cual solo quedarán los náufragos del Titanic. Con rescate o sin él unos pocos votos del congreso de Estados Unidos nos tuvieron en vilo desde el lunes, abandonados a la politiquería electoral y a los rufianes del juego de póquer del hombre de la Bolsa.
La economía —una vez más— demuestra su volatilidad, mientras unos pocos navegan en la abundancia y los pobres de siempre siguen siendo más pobres, pese a las promesas. Cómo añoro aquel pequeño país solidario, con instituciones sociales eficientes que me permitió asentarme hace 40 años cuando el dinero no era el único objetivo de la mayoría de los empresarios, funcionarios y políticos.
“Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé/ en el quinientos seis y en el dos mil también…/pero que el siglo Veinte es un despliegue de maldá insolente ya no hay quién lo niegue…”

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