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La actitud ante la crisis: una cuestión idiosincrática

Rodrigo Matarrita Venegas
Director Ejecutivo de FUNDEVAL

En 1821, cuando se debatía en la Capitanía General de Guatemala el asunto de la independencia de España y la eventual anexión al Imperio de Iturbide en México, en nuestra provincia de Costa Rica prevalecía una vida casi totalmente ajena a aquel conflicto.
La independencia nos llegó, sí, nos llegó como algo que vino de fuera. Tal asunto, no esperado y por el cual no se luchó como se lucha por un ideal o una convicción, enfrentó a nuestros ancestros ante la incómoda posición de decidir qué hacer, sin saber cuáles eran exactamente las consecuencias de la decisión que debería tomar.
En aquel entonces ante tal circunstancia, las palabras que se pronunciaron, marcaron, de alguna forma la manera del ser costarricense ante un dilema: “…esperemos a que se aclaren los nublados del día…”.
Hoy, muchos años después, la actitud es la misma: “esperar a que se aclaren los nublados” ha sido y sigue siendo una forma muy tica de enfrentar un dilema que exige una decisión, es parte de nuestra idiosincrasia.
Arnold Harberger, uno de los mentores de los Chicago Boy`s decía al respecto de esta actitud muy tica, que “…los costarricenses son muy hábiles en encontrar zonas de parqueo…”, para referirse al hecho de que no nos agrada enfrentar o tomar decisiones trascendentales, más si hay un alto costo o riesgo de por medio.
Tal como lo fue la independencia en los años mozos de nuestra ciudadanía, una comprometida situación económica internacional nos llega de afuera, con visos de entrabar el desempeño de los principales motores de la economía local: oímos a expertos debatirse si lo que vendrá será una crisis, si será simplemente un estancamiento sin llegar a ser recesión; oímos sobre sectores que se verán afectados; oímos de oportunidades y planes de contingencia… pero nadie se atreve a decir claramente qué ocurrirá… muy por debajo de cualquier criterio técnico que se vierta, subyace la fuerza idiosincrática de aquel enfrentamiento de un pueblo soberano con una realidad que le era incómoda: “hay que esperar a que se aclaren los nublados del día”.
Sin embargo, en medio de esta comodidad en que nos gusta ubicarnos ante las acciones decisivas, siempre hay espacio para el liderazgo, como el del prócer Gregorio José Ramírez, que con su claridad ideológica, su esfuerzo y valentía permitió enrumbar al entonces naciente país de Costa Rica, hacia una vida independiente.
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