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Sábado 31 Agosto, 2013

Para que la educación se convierta en un verdadero eje del desarrollo, hay que evitar diferenciarla en el sentido propuesto por el candidato del PLN


Johnny Araya y las pruebas nacionales

El señor Johnny Araya, candidato presidencial del Partido Liberación Nacional, ha propuesto, en un artículo publicado en un diario (21/8/2013), mantener las pruebas nacionales (el examen de bachillerato) únicamente para los estudiantes que opten por seguir estudios universitarios. Aunque Araya no se pronuncia directamente a favor de eliminar esas pruebas, su argumentación se orienta en ese sentido, ya que las asocia con “ataduras ideológicas y burocráticas”; además, se identifica con una perspectiva que responsabiliza fundamentalmente al sistema educativo por los resultados que obtienen los estudiantes.
En los planteamientos de Araya, son reconocibles dos corrientes de pensamiento. La primera, originada en el siglo XIX, defendía que, en razón de las diferencias sociales y culturales, la educación debía también ser diferenciada, de manera que los niños y jóvenes de familias trabajadoras o rurales recibieran apenas una enseñanza mínima, en contraste con los hijos de los sectores medios y acomodados urbanos, a los que había que preparar de manera más profunda y especializada.
Todavía en la década de 1980, en el marco de la crisis económica de esos años, había quienes defendían una educación diferenciada, contra la cual, el ministro Francisco Antonio Pacheco, se pronunció de manera contundente: “…es errónea la tesis según la cual la educación de quienes más necesitan, por su condición social o geográfica desfavorecida, debe limitarse casi sólo a asegurar, desde muy temprano en sus vidas, la capacidad de ganarse la vida honrada y productivamente”.
Al recuperar un punto de vista cuyo principal defensor en el siglo XIX fue el presidente José María Castro Madriz, Pacheco manifestó que había personas que “estiman que el estudiante de zonas rurales o de barrios marginales debería recibir un currículum menos recargado, en consideración a su situación de desventaja socioeconómica.
Tengo el convencimiento de que esta manera de pensar atenta, precisamente, contra los intereses de los niños y los jóvenes más pobres de nuestro país. Porque esta manera de pensar consolida la situación de desventaja que ese estudiante posee”.
La segunda corriente es la del llamado “pedagogismo”, que enfatiza en los métodos de enseñanza más que en los contenidos y promueve el facilismo como una forma de enfrentar las desigualdades sociales y culturales.
Los pedagogistas, que predominaron a inicios de la década de 1970, también responsabilizaban al sistema educativo por el desempeño académico de los estudiantes, lograron eliminar el examen de bachillerato, instaurar las promociones automáticas y el arrastre de materias, y orientar la educación preuniversitaria en un sentido tal que, como lo demostraron diversos estudios realizados en el decenio de 1980, los estudiantes de colegio, en vez de avanzar en su desarrollo intelectual, experimentaban un retroceso.
De esta manera, la propuesta de Araya, aunque informada por las mejores intenciones, se basa en dos de las peores corrientes que han influido en la educación costarricense. Para que la educación se convierta en un verdadero eje del desarrollo, hay que evitar diferenciarla en el sentido propuesto por el candidato del PLN.
Ahora bien, en lo que se refiere a mejorar la calidad educativa, lo que procede es, en vez de eliminar las pruebas nacionales, empezar a supervisar la formación de maestros y profesores realizada por las universidades privadas (que actualmente gradúan a la mayor parte de los educadores del país); y exigir a las universidades públicas, en particular a la Universidad de Costa Rica, que mejoren de manera significativa la formación de los profesionales que titulan en las carreras de educación, sobre todo en lo que respecta a los profesores de secundaria.

Iván Molina Jiménez