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Inversionistas están sordos a clamor de oro y algodón

Muchos tenemos verdades inconfesables. Bebemos demasiado. Tenemos deseos inadecuados. Envidiamos. Anhelamos bienes materiales a pesar de que todos los estudios indican que las experiencias son mucho más importantes. Confesarlo, incluso a nosotros mismos, en la oscura intimidad del alma, es demasiado angustiante.
El inconsciente colectivo de los mercados financieros no es diferente. Sabe que los sistemas de pensiones están en quiebra, que se avecinan guerras por el agua, que China superará a Occidente, que el estímulo keynesiano es una forma infalible de impulsar la inflación, que el oro está diciendo algo y que la comunidad bancaria sigue siendo tan voraz como antes de la crisis del crédito. Saberlo y admitirlo no son la misma cosa.
Los párrafos siguientes enumeran algunos de los tabúes que deberían sonar con más fuerza en nuestro radar.
Si se le dijera a Rip van Winkle, operador de bonos, que el oro subió a un punto sin precedentes durante sus diez años de sueño, querría saber cuál era la perspectiva inflacionaria y qué tan mal le había ido con sus inversiones en bonos. Le asombraría descubrir que ha tenido un rendimiento total de alrededor del 8% desde enero sobre bonos del Tesoro de Estados Unidos que vencen dentro de más de un año.
“Lo que hace que la historia del oro sea tan interesante es que este tiene muchas correlaciones diferentes: con la inflación, con el dólar, con las tasas de interés, con la incertidumbre política”, según David Rosenberg, economista jefe de Gluskin Sheff & Associates en Toronto. “Este año, por ejemplo, el oro ha pasado de ser un producto primario a ser una moneda, el clásico papel de metal monetario que no es responsabilidad de ningún Gobierno”.
El oro puede estar diciendo más de una desconfianza general de los mercados de valores que de la perspectiva de aumentos de precios. Ahora bien, Rip quedaría igualmente aterrado al ver que el algodón se negocia cerca del valor más alto en 15 años, a más de $1 la libra, o que el trigo aumentó más del 30% en los últimos 12 meses, lo que contribuyó a que el índice UBS/Bloomberg de precios de alimentos subiera alrededor de un 28%. Las cifras oficiales dicen que la inflación duerme; la frase que nos viene a la mente es “mentiras, malditas mentiras y estadísticas”.
Imaginen que tratan de explicarle a una abuela o a un adolescente que mucha gente muy inteligente del mundo financiero en realidad no cree en los dólares, los euros ni el yen. Cambiar bienes y servicios por trozos de papel es un timo, dicen algunos; un truco de magia sin huesos, ya que sin el esqueleto de un patrón oro, las llamadas monedas de curso legal no tienen más valor que el del papel en que están impresas.
Hasta a la mayoría de los profesionales de las finanzas, que no ven necesidad alguna de respaldar las monedas con metales preciosos, les atormenta la idea de que las prensas de los bancos centrales entren en acción. Por otra parte, en momentos en que todos los países del mundo tratan de salvarse mediante las exportaciones, la carrera proteccionista para devaluar monedas no hará sino cobrar velocidad en los próximos meses.
La sabiduría popular sostiene que los abejorros desafían las leyes de la física porque la relación entre su potencia y su peso sería insuficiente para permitirles volar. Por fortuna, como los abejorros no lo saben, levantan vuelo alegremente, zumban por el aire y luego se posan, sustentados en una bendita ignorancia. De manera similar, ningún inversor en su sano juicio compraría una acción o un bono si se detuviera a considerar las matemáticas de pirámide invertida de una población que envejece y tiene mayor expectativa de vida, la declinación de la tasa de natalidad y la Nueva Normalidad de rendimientos en extremo bajos en un medio posterior a la burbuja.
¿Cómo va a hacer la sociedad para pagar jubilaciones a su creciente ejército de ancianos? Si el abuelo hace lo que la teoría de la inversión dice que debería hacer y coloca sus huevos (suponiendo que al menos tenga uno) en la ultraseguridad de los bonos del Tesoro de los Estados Unidos, obteniendo un rendimiento en extremo bajo de menos del 0,45% sobre valores a dos años, ¿cómo podrá pagar sus medicamentos? Es probable que muchos países y empresas quiebren si se contabilizan de forma adecuada sus obligaciones a futuro. Con todo, algunos problemas son demasiado grandes, inabordables y aterradores para una conversación amable.
El reciente aumento del precio del trigo, en momentos en que una Rusia abrasada por el verano prohibió las exportaciones, debería haber sido un indicio de que la seguridad alimentaria es un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Todos han leído artículos sobre funcionarios chinos que recorren Africa comprando derechos agrícolas por varias décadas. Nadie quiere considerar seriamente las consecuencias de no poder alimentar a nuestros niños.
Mientras Occidente adaptaba su agricultura a la presunta producción de combustible ecológico para nuestra obsesión por los automóviles, el país que piensa en el futuro acumulaba contratos a largo plazo por los graneros del mundo. En un futuro no muy lejano, los países que en la actualidad comparten ríos se dividirán en aquellos que tengan la suerte geográfica de ser la fuente de esos ríos y aquellos otros que correrán el riesgo de sequías y privaciones.
Prestar a Gobiernos no carece de riesgos, ya se trate del Gobierno de Argentina, de Islandia, de Irlanda o de Estados Unidos. En estos tiempos, cuando se compra deuda gubernamental se toma el riesgo crediticio del sistema financiero global, ya que eso es lo que la doctrina de “demasiado grande para quebrar” ha cargado sobre los hombros de los contribuyentes.
Las exitosas subastas de deuda de esta semana de Irlanda, Grecia y España sin duda superaron la alternativa de ventas frustradas sin asistentes. Sin embargo, en momentos en que los bancos centrales funcionan como compradores de primer y último recursos, es imposible fingir que los mercados de capital funcionan de manera adecuada, lo que constituye otro secretito sucio sepultado en lo más profundo del inconsciente.

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