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La palabra soberanía parece haber quedado en el olvido y lejos de mostrar hidalguía y respeto hemos preferido bajar la cabeza y aceptar los mandatos “divinos” de un grupo de países poderosos

Intervención injustificable

Una misión de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) vendrá al país en los próximos días para fiscalizar de propia mano las reformas que planteará Costa Rica para levantar el secreto bancario.
Esta medida representa una gran falta de respeto para una nación que desde el 29 de octubre de 1821 —es decir hace casi dos siglos— firmó un Acta de Independencia en donde se desligaba políticamente de cualquier otra nación. Ese mismo año el Pacto de Concordia –—Primera Constitución Política del país— también estableció la “absoluta libertad y posesión exclusiva de sus derechos” para Costa Rica.
Nuestras autoridades políticas actuales parecen haberse olvidado de estos principios, de estos orígenes, y han actuado con ligereza y flexibilidad, aceptando que esta organización política nos incluya en lo que pareció ser una antojadiza y subjetiva lista de países supuestamente considerados paraísos fiscales, la cual, curiosamente, no incluyó a naciones de Europa y de otras regiones cuya fama en temas fiscales no es la mejor, o al menos no es mejor que la de Costa Rica.
En segundo lugar han permitido que el nombre de Costa Rica sea vilipendiado ante el mundo, exigiendo desde afuera reformas en nuestra legislación interna.
La palabra soberanía parece haber quedado en el olvido y lejos de mostrar hidalguía y respeto hemos preferido bajar la cabeza y aceptar los mandatos “divinos” de un grupo de países —llamados los más poderosos del mundo— pero que tradicionalmente se han preocupado poco o casi nada por mejorar los flujos de cooperación económica con las naciones más necesitadas y con aquellas que hacen esfuerzos por buscar el desarrollo.
Quizás, este tipo de organizaciones deberían empezar por tratar de poner en orden su propia casa, intentar sacar la viga de su propio ojo antes de levantar el dedo juzgador.
Y en el país, nuestros representantes deberían de vez en cuando desempolvar los viejos libros de historia y recordar cuál era el verdadero espíritu de Juan Manuel de Cañas, Santiago de Bonilla, Gregorio José Ramírez, Francisco Osejo y muchas otras tantas figuras que participaron de aquella primera firma como nación independiente.
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