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¡Intensidad!

¿Cómo entender que algo que iba bien termine mal? ¿Quién puede explicar que se esfume de las manos lo que ya casi se celebraba? Cuando eso sucede, surgen las más variadas explicaciones y algunos miran hacia los demás buscando culpables, como si al señalarlos la conciencia propia quedara en paz. Pero si no hay una sola explicación, tampoco existe un solo culpable.
Una alternativa es identificar qué tienen en común los diversos actores que protagonizan una obra con altibajos, de frecuentes “casi casi,” de un día sí y el otro no. Y la respuesta es obvia: falta de intensidad, de esa determinación absoluta de profundizar lo que está bien o de trabajar el doble para rectificar lo que no. Sin ella, surge el germen del conformismo, de la improvisación o, peor aún, de decisiones que anestesian pero que no curan las enfermedades de fondo.
La intensidad es sinónimo de esfuerzo supremo, sin descanso y de elevar la barra aun cuando algo sale bien. Implica ser autocríticos ante todo lo que atente contra el objetivo final pese a ir en la dirección correcta; es desconfiar del triunfalismo y del éxito intermedio ya alcanzado. Intensidad es no mirar lo que se ha logrado, sino lo que falta para llegar a la meta, señalando lo bueno que permitió el avance y lo que pudo haberse hecho todavía mejor.
Cuando un equipo es intenso abre las puertas al vigor. Lo que funciona se multiplica, sin quejas ni permisos a lo superfluo que distrae del rumbo. La energía crece sin cesar y el compromiso es cada vez mayor. La motivación es profunda, auténtica, nacida en el alma de sus miembros y no simplemente en incentivos materiales externos.
La vehemencia por ganar es tan sólida en las personas con intensidad, que estas andan a la cacería de las críticas que les hagan mejorar; jamás renuncian a la posibilidad de estar equivocadas, por eso poseen humildad para escuchar, aprender y rectificar. Ellas quieren ganar y aceptan ayuda, quieren vencer pero reconocen no saberlo todo para lograrlo, y están decididas a unirse a otros para conformar un equipo con una sola alma, pues saben que ese es el único camino.
Al vigor se suma el rigor, ese comportamiento exigente que no admite excusas ante la mediocridad, ni descanso en medio de la batalla. El vigor aporta la bravura, el furor y el ímpetu; el rigor contribuye con la inteligencia para reaccionar ante las derrotas, con el coraje para trabajar al máximo nivel en cada segundo disponible y, muy importante, con la constancia, la fiel compañera del éxito.
Si usted es intenso, contribuya a que su equipo entienda que “tocar la puerta no es entrar”. Algunos le escucharán y otros le rechazarán, pero usted estará, en ambos casos, con su conciencia intensamente serena.

German Retana
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