Claudio Alpízar

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Jueves 30 Junio, 2016

Urbina y otros tantos viceministros no han comprendido su ubicación jerárquica en el gabinete y han exagerado su protagonismo político

SIN TREGUA

Insurgencia de los viceministros


En el Gobierno Solís Rivera los viceministros han tenido un protagonismo excesivo, así metieron al presidente en problemas por asumir tareas políticas que no les corresponden. Varias son las razones de esta “insurrección”.
Primero, algunos ministros no tienen carácter, empoderamiento ni conocimiento de lo establecido en la Constitución Política y la Ley General de la Administración Pública para ejercer sus puestos. Segundo, cuando se conformó el gabinete muchos viceministros se seleccionaron antes que los ministros, muestra de que no existió consulta a quien sería su superior. Tercero, desconocimiento del principio de excepción para la toma de decisiones, así el presidente permite a los viceministros irrespetar y anteponerse a los ministros.
Fue excesivo el “terremoto” político generado por la renuncia y el despido —ambas se dieron— de un viceministro de Transportes, funcionario de tercera línea, que si bien tomó en serio la sectorialización del transporte público, en el resto de su función no tiene ninguna referencia importante para “sufrir” por su salida. Lo significativo es que el caso desnudó el pésimo manejo del gabinete que ejercen el presidente Luis G. Solís y el ministro de la Presidencia Sergio Alfaro.
El Poder Ejecutivo lo conforman el presidente y el ministro respectivo. Según la Constitución Política (Art. 148) el ministro —no el vice— es conjuntamente con el presidente responsable en las atribuciones y decisiones en sus respectivos sectores. Tan de tercera línea son los viceministros que en la Constitución Política no aparece una sola referencia a esa figura.
Es en la Ley General de la Administración Pública donde se estable la figura del viceministro, definida como superior jerárquico inmediato del personal del ministerio y subordinado al ministro respectivo. Se le ubica en tareas administrativas para que el ministro pueda ejercer su principal función de máxima autoridad política. Aquí está el pecado original de la Administración Solís. Urbina y otros tantos viceministros no han comprendido su ubicación jerárquica en el gabinete y han exagerado su protagonismo político con la venia de su ministro, del ministro de la Presidencia y del presidente de la República. Craso error.
Inclusive, el presidente en sus prioridades constitucionales no tiene la de elegir a los viceministros, lo cual, por supuesto, puede hacer como máxima autoridad del Poder Ejecutivo, pero que podría deslindar en el ministro, a quien sí tiene la obligación constitucional de nombrar.
La insurrección de los viceministros en la Administración Solís se da desde el inicio del gobierno, provocando terremotos no solo en el MOPT, también en el Ministerio de la Presidencia, en el de Cultura, en el de Ciencia y Tecnología, así como en los Ministerios de Agricultura, de Seguridad y de Trabajo. En otros casos han tenido que asumir el protagonismo por falencias del ministro respectivo, como es el caso del Ministerio de Hacienda.
La insurrección de los viceministros se dio no solo por el desconocimiento —de quienes gobiernan— de la legislación y el ordenamiento institucional, además, por no haber aplicado desde el principio un enfoque sistémico, en el cual el todo es mayor que la suma de las partes. Pero, lo peor, como en toda insurrección, es que algunos viceministros olvidaron con facilidad el motivo primario de la lucha de un buen gobierno.

Claudio Alpízar Otoya, Politólogo