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Los diputados de este país, que a fuerza de no hacer bien las cosas se han labrado una pésima imagen, amenazan con una insólita calamidad: tratan de multiplicarse

Insolente amenaza

El término lo define el Diccionario de la Real Academia Española como “1- acción de amenazar 2- dicho o hecho con que se amenaza 3- delito consistente en intimidar a alguien con el anuncio de la provocación de un mal grave para él o su familia”.
En el caso que nos ocupa, sin embargo, lo que hay es una amenaza a los costarricenses. El peligro de que se quiera dar un paso incorrecto, algo que puede resultar inconveniente para Costa Rica y por lo tanto para todos nosotros.
Los señores diputados en este país, a fuerza de no hacer bien las cosas, se han labrado una pésima imagen.
No obstante, acaban de amenazar con una nueva e insólita calamidad: tratan de multiplicarse.
Para justificarlo, quien ha tenido la “brillante” idea, dice que ellos trabajan mucho pero que sus frutos no se ven porque, en sus propias palabras, “la forma como estamos organizados y el reglamento legislativo que tenemos hacen que nuestro trabajo sea altamente ineficaz”.
Un reglamento y una forma de trabajo que, como se sabe, es la propia Asamblea Legislativa quien lo aprobó en su momento y ella misma quien podría modificarlo si de verdad en esas cobijas estuviera el frío.
Pero está claro que nada tiene que ver eso con el deseo de aumentar la cantidad de legisladores.
Otra de las excusas esgrimidas es la de la representatividad. Que son pocos los congresistas hoy —dicen— porque aumentó la población y cada diputado actualmente representa a unos 80 mil ciudadanos.
Pero resulta que si se compara Costa Rica con otros países de América Latina tenemos que en México la proporción por cada legislador es de 1,7 millones de mexicanos y en Brasil los 513 diputados representan a 370 mil ciudadanos… y se podría seguir.
Lo más lamentable es que más allá de las cifras y de la asignación proporcional, el punto de mayor importancia es cómo representan al pueblo que los eligió.
En Costa Rica esa representación es una de las principales fallas pero no por el número de diputados, desde luego, sino porque nunca escuchan a quienes son sus representados. El poder, pues, no está dentro de la misma Asamblea Legislativa.
Todas estas fallas, esta falta de representar a la ciudadanía, esta ineficiencia que no puede excusarse en nada porque se tiene el poder de cambiar reglamentos o lo que sea que dificulte las labores si hay razones comprobables para ello, es lo que debe cambiar, ¡no el número de congresistas!
No es en la cantidad sino en la calidad de la representatividad donde radican la virtud y la verdadera democracia.



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