Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 28 Diciembre, 2009


Inés ante la muerte


Próxima a cumplir 50 años, mi amiga Inés se vio obligada a operarse. Aunque no se trataba de una cirugía peligrosa, iba a estar anestesiada durante cuatro horas. Y a pesar de que ningún médico le mencionó la probabilidad de morirse, la muerte estaba entre las posibles consecuencias descritas en los documentos que se vio obligada a firmar antes de iniciar el proceso preoperatorio.
Por primera vez en la vida, Inés pensó en la muerte. En la suya. Escéptica como yo, mi amiga no cree que exista ningún tipo de existencia o conciencia después del final: no cree en la vida eterna, la reencarnación o los fantasmas. De manera que se dio a la tarea de organizar el justo reparto de sus poquísimos bienes materiales y se aseguró de que se cumpliera su deseo de ser incinerada.
No tenía miedo de morir pero que sus hijas quedaran solas cuando aún la necesitaban tanto le producía permanentes amagos de llanto. Era lo único que la angustiaba. Porque —por lo demás— habiendo hecho un detallado balance de su vida, podía irse más que satisfecha.
Inés había tenido la suerte de viajar y conocer otras latitudes; omnívora, no se había privado de ningún manjar; había presenciado una cantidad considerable de puestas de sol en la playa; cada vez que se le presentó la ocasión cantó y bailó y estaba más que satisfecha con lo realizado profesionalmente.
Pero lo más importante que había logrado durante su casi medio siglo de vida lo descubrió semanas después de sentirse enferma. La ola de solidaridad que su estado de salud desató en sus amigos y conocidos le produjo una inmensa satisfacción. Comprendió que no estaba sola y tuvo la convicción de que había vivido bien; la prueba estaba en la cantidad de muestras de cariño que recibió. Se podía ir en paz: había amado y había sido amada intensamente.
Sobra decir que Inés es muy dramática. Afortunadamente mi amiga se despertó el día previo a su cirugía con la certeza de que no moriría. Y así fue. Aún está restableciéndose de su operación.
La posibilidad de morir enfrentó a Inés con los años vividos y le dio la oportunidad de sacar importantes conclusiones. En estos días —de una manera mucho más pequeña pero no menos importante— todos estamos ante la muerte del año 2009 e inevitablemente reflexionamos sobre los pasados 12 meses. Para algunos el balance es positivo. Para otros no tanto.
Más allá de los “éxitos” profesionales o materiales cosechados durante el año, deberíamos pensar en todas las personas que queremos y evaluar si las hemos cuidado y atendido como se lo merecen.
Inés descubrió que lo mejor que dejaba —si se tenía que ir— era el cariño de muchos. Estamos a tiempo de escoger como primer propósito para el próximo año alimentar el amor en todas sus versiones posibles.
A todos ustedes les deseo un amoroso 2010. A Inés también.

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