Emilio Bruce

Emilio Bruce

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Viernes 6 Noviembre, 2015

Negociador sincero, de palabra, transparente, sereno, y honesto, franco y humilde, el jefe de estado no manipula ni esconde intenciones con un discurso doble

Sinceramente
¡Imagen y credibilidad!

Para los costarricenses es claro, históricamente, que seguir las opiniones del señor presidente de turno, dar por buenas y valederas sus ideas y planteamientos, confiar en sus conceptos expresados y seguir en consecuencia su liderazgo ha sido de primordial importancia.
Tener al frente un presidente con credibilidad y ejerciendo una positiva dirección de nuestros asuntos comunes resulta de trascendencia social. La credibilidad genera liderazgo, este conduce a la confianza y ella a su vez a la inversión y a la tranquilidad de los agentes económicos y sociales para quienes la sola preocupación de su gestión será entonces crecer y producir.


Las poses deben moderarse en la presidencia. Las llamadas a diferentes grupos deben evitar la confrontación o el surgimiento de roces y rencillas entre grupos económicos, políticos o sociales. La labor de un presidente no es indisponer grupo contra grupo, dividir a la sociedad y tomar partido en una comunidad polarizada y al borde de la violencia. Gobernar destruyendo la paz social, el crecimiento económico y la armonía de los costarricenses es simplemente impensable. Gobernar construyendo acuerdos y diálogos, negociando metas y objetivos, en paz y concertación, eso sí es gobernar.
La institucionalidad demanda un presidente que guíe, que reafirme la misma, que con su señorío en actos y palabras personifique lo mejor y más deseable de nuestro país. El señor presidente es un símbolo de la unidad de los costarricenses, un juez imparcial en su decir, un explorador de las avenidas de mejoramiento de todos, la personificación de las mejores virtudes del ciudadano y la encarnación viviente de próceres y estadistas que fundaron el país.
El señor presidente en todo su señorío debe personificar la búsqueda superior del interés común.
Es claro que el conductor, la voz guía, el conocedor de la institucionalidad, el unificador del interés común de todos nosotros, perdería su capacidad de liderazgo si pierde su credibilidad, y así perdería su capacidad de gobernar.
Un jefe de estado que sea la admiración del país y siente el ejemplo para todos los ciudadanos debe cuidarse de no ser un actor de variopintos escenarios, un repetidor de lugares comunes, y un prometedor incumplido. Debe ser el señor presidente en toda su grandeza republicana y democrática.
Un presidente de Costa Rica no engaña, no miente, no conspira, no defrauda, no persigue, no se esconde, no delega los asuntos difíciles en segundones. Es amparo y guía del costarricense. No hace espectáculo de la presidencia de Costa Rica, educa con su ejemplo porque educar es gobernar y gobernar es educar.
El presidente es y debe de ser suma de discreción y moderación. No es la presidencia una institución que pueda desvalorizarse con una imprudente conducta y una adolescente jovialidad que puedan menoscabar lo que ha se demorado construir ya casi doscientos años.
Negociador sincero, guía de ejemplo y de palabra, trabajador incansable, transparente en su actuar, cordial, sereno, amable y firme, honesto, franco y humilde, el jefe de estado no manipula ni esconde sus verdaderas intenciones con un discurso doble.
Los ideales son metas, no realidades, pero los buenos presidentes han perseguido los ideales.

Profesor
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