Arnoldo Mora

Arnoldo Mora

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Viernes 9 Abril, 2010

Iglesia y modernidad

El cristianismo en todas sus ramas actuales (católicos, protestantes y ortodoxos) han coincidido este año en la fecha de la celebración de la Pascua, que conmemora, según su creencia, la muerte y resurrección de su Fundador, Jesús de Nazaret, llamado el Cristo. En la religiosidad popular de los países meridionales, dichas celebraciones se llevaron a cabo sin contratiempo con ese gran colorido que hace las delicias de la industria turística. No será, por ende, por esta razón que la recién pasada Pascua pase a la historia, sino por todo lo contrario.
En efecto, desde hace siglos la Iglesia católica no se había visto envuelta en un escándalo de tal magnitud, como el causado por las denuncias de abominables prácticas de pedofilia realizadas por clérigos con el silencio cómplice con que “púdicamente”(?) los cubrió por décadas la jerarquía. El escándalo ha sido tal que ha sacudido hasta en sus cimientos a una institución tan centralista y vertical como es la Iglesia católica. El Papa mismo ha sido acusado de negligencia, por no decir complicidad, cuando era cardenal y ocupaba puestos de gran autoridad.
El escándalo ha adquirido dimensiones planetarias gracias a la amplia y reiterada información que, sobre el mismo, han dado los medios de comunicación más influyentes del mundo. El asunto ha adquirido tales dimensiones que, en las celebraciones litúrgicas de la propia Roma, el predicador oficial del Papa, en un desafortunado sermón, se refirió al asunto. Más aún, rompiendo las reglas rituales en las ceremonias del Viernes Santo, el decano del colegio cardenalicio (especie de senado del Papa) tomó la palabra para, no solo desagraviar al Pontífice, sino también para enfatizar su adhesión y fidelidad al mismo.
A tenor de lo dicho, es obvio que la jerarquía siente una grave amenaza a la institucionalidad, de tal magnitud que solo tiene precedentes con lo acaecido a inicios de la modernidad cuando Lutero dio origen a una reforma que fracturó a la cristiandad occidental, cosa que solo se había dado en el siglo XI con la ruptura de las Iglesias de Occidente y de Oriente. Sin embargo, ahora no se trata de una querella teológica que se dirime intramuros, sino de asumir las consecuencias de los procesos de secularización que viven las sociedades modernas y que se traduce en una salida masiva de fieles de las iglesias.
La crisis de la Iglesia tiene su raíz en su torpeza y lentitud por asimilar la modernidad y los cambios que trae aparejada, como se hizo evidente en el proceso que condenó a Galileo, o en el rechazo a las revoluciones que dieron origen a la democracia moderna. Solo con León XIII (finales del siglo XIX) estuvo Roma en capacidad de iniciar un diálogo con el mundo político. Con casi un siglo de atraso respecto de la teología luterana, Pío XII en su encíclica “Divino afflante Spiritu” (1943) aceptó los métodos de crítica histórica y lingüística aplicados al estudio de la Biblia. Pero hasta ahora, la Santa Sede se ha mostrado incapaz de iniciar un diálogo profundo con otra de las grandes revoluciones de los tiempos actuales: la revolución sexual, cuyo gran pensador fue Sigmund Freud. ¿Cuándo aceptará la jerarquía católica que la libido es parte constitutiva de la naturaleza humana?

Arnoldo Mora