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IA vs. abogados: ¿debemos temer por el futuro de la profesión jurídica?

Nancy Mena Fallas redaccion@larepublica.net | Miércoles 25 enero, 2023


Nancy Mena Fallas   Filóloga. Estudiante de Derecho, Universidad de Costa Rica


Nancy Mena Fallas

Filóloga. Estudiante de Derecho, Universidad de Costa Rica

Una nueva inteligencia artificial (IA) llamada ChatGPT, lanzada de forma gratuita hace poco más de un mes por la compañía OpenAI, fundada por Elon Musk, tomó al mundo por sorpresa por sus versátiles posibilidades en el marco de la generación de conocimiento.

Básicamente, el concepto de IA puede resumirse como una tecnología que busca que los sistemas informáticos repliquen facultades humanas tales como el razonamiento, el aprendizaje y la autocorrección; todo ello, gracias a complejos algoritmos (código).

Este interés humano de que objetos inanimados imiten sus procesos no es necesariamente novedoso. En la literatura universal sobran los ejemplos: desde el mito griego de Pigmalión y Galatea; pasando por la muñeca Olimpia del cuento Der Sandmann, de E. T. A. Hoffmann, y Frankenstein, de Mary Shelley; hasta Pinocchio, de Collodi: la célebre marioneta que “cobra vida”.

Curiosamente, aunque la inteligencia artificial per se parece rozar los límites de la ciencia ficción, en realidad, no es de tan reciente data: desde 1956, John McCarthy, el célebre científico informático, acuñó el término y fue un pionero en este campo.

Las IA no han sido, tampoco, ajenas a nuestra cotidianidad. Desde hace años, las utilizamos en sistemas de reconocimiento de voz, detección de fraudes, conversaciones con chatbots, segmentación de contenido personalizado en redes sociales y servicios de streaming, entre otros usos que han venido a facilitar u optimizar diferentes facetas de nuestra vida.

Sin embargo, ChatGPT (disponible en: https://chat.openai.com/) se enfrentó a un complejo contexto de posiciones encontradas sobre las IA: mientras millones de usuarios disfrutaban creando avatares que los presentaban como sus personajes de fantasía favoritos, cientos de voces, principalmente de artistas connotados, protestaban porque las IA como Midjourney, Stable Diffusion o Dall-e, generaban imágenes mediante la “imitación” de su arte y estilo.

Esto ocasionó un fuerte movimiento virtual anti-IA, que dio pie a intensos debates acerca de si las obras generadas por una IA pueden considerarse “arte” en sentido estricto, así como sobre los derechos de autor en este complejo escenario de creación y mímesis; temas sumamente interesantes, pero que no abordaremos en esta ocasión.

No obstante, ChatGPT no es una IA de arte, sino un chatbot (como los que ya usan importantes firmas en todo el mundo) entrenado con ingentes cantidades de texto para mantener conversaciones interactivas con los usuarios mediante preguntas y respuestas, que se generan a partir de un primer prompt (instrucción). Sus posibilidades van desde la traducción de un texto, pasando por la creación de un guion de una película, hasta la redacción de cover letters, ensayos académicos y textos periodísticos.

Con ello, ChatGPT fascinó al público en general, pero no escapó al rechazo; solo que –en esta ocasión– las voces provinieron desde la Academia, pues diferentes profesores universitarios ya han detectado los primeros “fraudes” en sus asignaciones, respondidas mediante el uso de esta IA. El mismo escenario se le presentó a reclutadores, editores y, muy recientemente, a los abogados.

En el ámbito del Derecho, ChatGPT es capaz de generar argumentos básicos (genéricos, en realidad) para defenderse ante un despido sin responsabilidad patronal, señalar los pasos para incoar una demanda civil por calumnias o brindar un modelo de contrato de compraventa de una vivienda, fácilmente editable, en unos cuantos segundos.

Estas posibilidades hicieron que muchas personas se preguntaran: ¿deben temer los abogados y los estudiantes en formación que su profesión se vuelva obsoleta ante el auge de una IA como ChatGPT, en un futuro inmediato?

De momento (porque aún es incierta la evolución que tendrá esta IA), la respuesta es “no”. No debemos temer el hecho de que nuestros clientes, legos en la ciencia jurídica, reciban respuestas a consultas legales básicas, puesto que, difícilmente, esto será suficiente para lidiar con el complejo ordenamiento jurídico de un país, la etapa procesal de un caso civil sin un patrocinio letrado o la autenticación de un traspaso, sin tener que recurrir a un profesional en Derecho, tal y como recomienda al final la misma IA, a manera de disclaimer, cada vez que se le hace una consulta jurídica:

En resumen, es importante recordar que un contrato de compraventa es un documento legal y debe ser revisado por un abogado especializado en legislación costarricense para asegurar que se ajuste a las leyes y reglas locales y proteja los intereses de las partes involucradas. (Extracto de una respuesta real de ChatGPT ante una solicitud realizada por la autora el 10 de enero de 2023).

Asimismo, en el plano académico, esta IA puede ser aprovechada por los docentes de Derecho para buscar que los estudiantes mejoren en su formación: de manera similar a cómo entrenan hoy los profesionales del póker o del ajedrez jugando contra las IA, los estudiantes podrían realizar ejercicios de detectar errores fácticos, procesales o hasta falacias en la argumentación jurídica que genera ChatGPT ante determinadas consultas.

Por otra parte, la oralidad (solución académica de evaluación en este contexto, como ya sugirió un profesor de una prestigiosa universidad norteamericana) se puede aplicar en el ámbito jurídico, particularmente el costarricense, que ha orientado sus esfuerzos hacia la oralidad de los procesos por sus ventajas de inmediación, celeridad y concentración.

Esto implica la necesidad de que tanto estudiantes de Derecho como los profesionales en este campo asuman el llamado a superarse cada día más en su formación, a mantenerse actualizados en el uso de herramientas tecnológicas de automatización y a estar a la altura de este desafío con una preparación de excelencia, que permita dar respuestas asertivas en este escenario de las IA.

Solo así los operadores del derecho seguirán siendo realmente las figuras autorizadas para legalizar procesos, interpretar la normativa, resolver consultas jurídicas y emitir criterios relevantes para sus clientes, en un marco respaldado por la institucionalidad, la ética jurídica y, sobre todo, la pasión, ese factor que siempre marca la diferencia en cualquier actividad propia del quehacer humano.








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