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Han faltado políticas públicas adecuadas y una administración correcta y proba al servicio del bien común, para cerrar la brecha de la desigualdad e inequidad reinantes


Hubo progreso, pero también deterioro

Los hechos y las políticas de los últimos años han generado un aumento de la desigualdad y la inequidad en muchos lugares del mundo y uno de ellos es Costa Rica.
Si bien nuestro país ha tenido un crecimiento económico satisfactorio, especialmente para una época de crisis como la actual, se han deteriorado seriamente aspectos vitales para la sociedad como la sanidad, la educación, la inversión en infraestructura y la seguridad, entre otros.
La macroeconomía mejora y algunos sectores de la sociedad progresan considerablemente. Esta es la buena noticia, lo positivo. Pero han faltado las políticas públicas adecuadas y una administración correcta y proba para que ese crecimiento y esa bonanza alcancen al resto de la sociedad, al menos en alguna medida. Esto no se logra sin políticas destinadas a ello.
El no hacerlo encierra en sí mismo el germen capaz de frenar el progreso alcanzado puesto que la población, que ve desmejorar día a día su calidad de vida, comienza a sentir desconfianza, desmoralización y en algunos casos el extremo de la desesperación que, como sabemos no suele ser buena consejera y puede desviar a quienes la viven de la ruta deseable.
En esas condiciones, en un tiempo no muy largo el tejido social se enferma física y emocionalmente. La golpeante realidad se vuelve más fuerte que cualquier discurso prometedor.
No llegar a esos extremos exige políticas no solo inteligentes sino altruistas y destinadas al bien común.
Se necesitan figuras en la esfera política nacional de una altura humana especial que pase por encima de las mezquindades.
Se vuelve indispensable el ejercicio de la Política —con mayúscula— que diseñe planes de corto, mediano y largo plazo y un modelo para desarrollarlos en el que se aproveche al máximo el erario sin la mínima concesión al desperdicio, la corrupción o la falta de eficiencia.
Dichas políticas, aplicadas a tiempo y en forma constante, son capaces de detener la creciente disconformidad y prevenir el pesimismo. Estos últimos, como se sabe, son los elementos menos recomendables para sacar adelante un país que, como el nuestro, tiene en su gente su mayor capital.
La gran pregunta en épocas en que comienzan ya a calentar los aires de una campaña electoral es: ¿surgirá un líder capaz de hacerlo?
 

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