Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 16 Septiembre, 2010


De cal y de arena
Héroes

Por mandato del Congreso Nacional expedido el 27 de febrero de 1856, el Poder Ejecutivo por sí solo o en unión con las fuerzas de los demás gobiernos de Centro América emprendería la jornada que llevó al ejército costarricense a tierras de la República de Nicaragua “para defender a sus habitantes de la ominosa opresión de los filibusteros y arrojar a estos del suelo de toda la América Central”. La resolución, obviamente inspirada por el Presidente Juan Rafael Mora, marca el inicio de lo que el historiador Rafael Obregón Loría llama “la epopeya del pueblo costarricense”. Un ejército de 9 mil hombres apertrechado apuradamente y para lo cual se autorizó un empréstito de cien mil pesos, inició la marcha no para lidiar por un pedazo de tierra nicaragüense ni para adquirir efímeros poderes ni alcanzar misérrimas conquistas, como lo dijo don Juanito. Sí para pelear a su lado por su libertad y por su Patria. Sabía que las huestes filibusteras eran la avanzada del Destino Manifiesto y que William Walker era su brazo ejecutor. Se topó a poco andar con el primer acto expansionista de Walker en Centroamérica: con el apoyo del gobierno títere nicaragüense, habría de intentar el despojo de Guanacaste. Sin grandes dilaciones, quedó notificado de las simpatías del gobierno de Estados Unidos para con el filibustero y de su franca oposición a Costa Rica, en particular luego así dicho a que nuestro país tuviera dominio de las aguas del río San Juan. En medio estaba la lucha de las potencias mundiales por el control de la zona de paso de un océano a otro. Dice Clotilde Obregón que Costa Rica entendió el significado de la Vía del Tránsito y que la puso en la mira desde el inicio de la guerra.
Allá, en esos ámbitos geográficos, fue donde Costa Rica enriqueció su acervo histórico con lo más conspicuo de sus héroes y de sus actos de heroísmo. No hay en su historia otro periodo más rico en héroes y en acciones heroicas que los de la Primera Campaña Nacional y la Segunda Campaña Nacional. En Santa Rosa, en Rivas, en San Jacinto, en Sardinal y en el San Juan, Castillo Viejo y el Fuerte San Carlos. Con Mora Juan Rafael y José Joaquín, Santamaría, Pacheco, Gutiérrez, Quirós y Alfaro, Cañas, Salazar, Blanco, Escalante y von Bülow. Ellos y muchos más, héroes y protagonistas de actos heroicos. Dos, tres, cuatro… muchos héroes figuran desde entonces en el Altar de la Patria, con majestuoso simbolismo que por desgracia la Nación no ha podido volver a editar con el sentido exacto y justo de lo que es ser héroe y partícipe de actos heroicos.
Echamos de menos al Presidente Mora, al patriota que como dijo Omar Dengo habría de levantar la cabeza de nuevo para dar a su pueblo otra vez un alto sentido de responsabilidad histórica. Y al Héroe Nacional, el soldado Juan, cuyo sacrificio marcado con sangre heroica y grabado escribió Nelson Chacón Pacheco como último peldaño de una trágica epopeya, sigue y seguirá conmoviendo los corazones de los costarricenses. Cada uno, héroe ubicado en el altar de la Patria. No importa que ello no lo entienda el diputado Fabio Molina. Lo preocupante es que por un segundo, haya habido eco para sus disparates en la Asamblea Legislativa.

Alvaro Madrigal