Leopoldo Barrionuevo

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Sábado 21 Junio, 2008

ELOGIOS
Hay un Gardel

Leopoldo Barrionuevo

El 24 de junio se cumplen 73 años de la muerte de Carlos Gardel y una vez más, viajaré a Medellín a visitar viejos amigos con quienes recordaremos que hay un Gardel para cada uno y es maravillosa esa diversidad. Hay un Gardel que se disfruta en soledad, un Gardel íntimo y yo no pretendo alcanzar otra cosa que poder definir el mío, más emoción y sentimiento que razones. Porque cuando la razón intenta interpretar lo profundo de cada hombre, se pierde en un mar de contradicciones.
Y es que la diversidad es la sal de la vida y la identidad apenas una búsqueda individual que nos ayuda a vivir, una motivación cuyo encanto consiste en no alcanzarla jamás.
Gardel sigue teniendo vigencia en el amanecer del nuevo siglo. Albricias para los sociólogos, siempre capaces de predecir lo que ya sucedió, porque intentarán explicar el mito, como si los mitos pudieran explicarse.
Esto es algo que no le quita el sueño a la gente humilde, sencilla o sufrida que se limitará a disfrutar de sus grabaciones o filmes toda vez que de ello tenga necesidad o deseo sin pretender una interpretación freudiana de los simples hechos.
En toda latitud y en ciertas fechas del año los fieles del culto gardeliano y algunos sacerdotes fabularán desconociendo muchos de esos hechos y la sencilla historia retaceada de anécdotas por lo general creadas por la inspiración popular y pese al tiempo y su transcurrir, Gardel continuará permaneciendo, estando. Y en cada nuevo aniversario algún profeta de barrio, sin haber vivido lo suficiente, predecirá la desaparición del mito gardeliano. Y pese a los augures, cada día cantará mejor.
Y los que lo pensamos tan solo de a ratos, cuando como lo querían los griegos, sentimos dolor por lo perdido (es decir, nostalgia en español), nos seguiremos preguntando ¿qué o quién reinventa su estancia, quién lo redescubre? ¿Cómo su espíritu se instala entre nosotros y nos conmueve de a ratos solo para que alcancemos a percibirlo y por qué sentimos que nos pertenece y que en alguna medida fuimos o somos en él o él es parte de nuestros sueños, deseos o frustraciones?
Gardel no es más amado que otros ídolos, santos o milagreros populares, pero persiste sin odios ni pasiones, apenas producto de la veneración. Algo que no solo se da en el Río de la Plata, ya que se extiende por todo el continente con gente que casi religiosamente se reúne en peñas y asociaciones para ejercer de sacerdotes de un rito que no busca explicaciones sino tan solo fe y una admiración que les permite disfrutar de películas gastadas y tediosas, melodramas insufribles hasta el instante en que Carlos encuentra una excusa para iluminar la sala oscura con su canto y su eterna sonrisa. Explicar esto significaría romper el encanto, ya que lo que se disfruta y se goza no se explica, es una magia que deja de serlo cuando se instala en ella la lógica, por eso tanta gente en todas partes se resiste a una revisión histórica que no les interesa y eluden invariablemente.
Gardel es un remanso, alguien a quien se escucha ocasionalmente, cuando acude como un viejo amigo al llamado de nuestra melancolía. Es como una compañía ocasional en la que apenas reparamos, pero se convierte en consistente e infaltable a medida que la vida abandona lentamente nuestro horizonte. Es un Gardel surgiendo del disco, un Gardel sin urgencias para acompañarnos en nuestra esencial soledad, una soledad con rumores de añoranzas de lo que se fue, de cosas y seres queridos que ya no están, de sueños que realimentan la tierra para recomenzar la vida, una soledad, en fin en la cual nos reencontramos en el epicentro de nuestra mismidad, indivisibles, únicos, diferentes...

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