Claudio Alpízar

Claudio Alpízar

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Jueves 12 Mayo, 2016

 Muestra fiel de que estamos en una “competencia” de percepciones negativas y no de calidades y éxitos en el ejercicio de la Presidencia; además, olvidamos con facilidad

Gobierno Solís: muchas expectativas, bajas percepciones

A mitad del periodo presidencial del gobierno de Luis G. Solís (2014-2018) la evaluación de gestión puede hacerse con más elementos. En encuesta reciente de Borge y Asociados los consultados lo definieron como el gobierno más malo, lo cual no es justo, pues quienes vivimos el gobierno de Rodrigo Carazo (1978-1982) podemos dar fe que eso no es cierto.
Esa encuesta de seguro contempló a muchos jóvenes menores de 30 años, con memoria retrospectiva que no va más allá del disfuncional gobierno de Abel Pacheco (2002-2006). No sin antes contemplar al gobierno de Laura Chinchilla (2010-2014) que a partir de sus primeros seis meses y hasta el final de gestión fue mal evaluado. Diferente el caso del gobierno de Óscar Arias, que tuvo mucha aceptación y terminó con altos índices de aprecio determinantes para la reelección del PLN.


Lo común es que los últimos gobernantes salgan mal calificados y que luego sean revalorados en sus acciones por ciudadanos que aumentan su disgusto con los sucesores. Le pasó a Pacheco, que mejoró su imagen sustancialmente con la gestión de Chinchilla, y le sucede hoy a Chinchilla con la gestión de Solís. Muestra fiel de que estamos en una “competencia” de percepciones negativas y no de calidades y éxitos en el ejercicio de la Presidencia; además, olvidamos con facilidad.
Luis G. Solís y el PAC generaron demasiadas expectativas en la campaña electoral. Desesperados por los malos números al principio y no creyendo ganar las elecciones 2014 se comprometieron en exceso. Menospreciaron el tema del déficit fiscal, prometieron con ligereza y como un acto de magia bajar el costo de la vida, mejorar la cantidad y la calidad de los empleos y los ingresos, bajar el precio de la electricidad, disminuir impuestos, etc.
Además, aseguraban que convivíamos con “Alí Babá y los 40 ladrones” en la administración pública, un recurso que requerirían luego para gobernar. El discurso de los 100 Días fue una diatriba de la corrupción —la apología del superhéroe que llegaba— con un sinnúmero de denuncias imaginadas y nunca comprobadas.
El tan pregonado cambio —que para percibirse debe ser una revolución de ideas y de acciones— no contó con el “mejor plan” como se promovió en la campaña; lo cual se desnuda con dubitación e inseguridad en cada decisión. Tampoco apareció el “mejor equipo” que publicitaba cuando Solís nos decía “que ningún candidato tiene un equipo como el mío”. Equipo que tiene sus mayores deficiencias no en la falta de experiencia —nadie la adquiere sin la práctica— sino en el desconocimiento mayúsculo de los instrumentos, las leyes, los procesos y los recursos que existen para gobernar.
Aprendizajes muchos, pero siete son los pecados capitales comunes de los malos gobiernos en Costa Rica. Primero, sus candidatos a la Presidencia no tienen solidez entre su propuesta y el conocimiento de la realidad nacional. Segundo, insisten en que todo lo pasado se hizo mal. Tercero, son ligeros e irresponsables con el tema de la corrupción. Cuarto, gobiernan para satisfacer vanidades personales. Quinto, son engreídos al pensar que pueden gobernar en democracia sin pactos con la oposición. Sexto, deforman al ciudadano con la ilusión de un gobierno paternalista que le hará feliz. Y séptimo, promueven el cambio como una alteración radical de un país con tareas pendientes pero que en su historia ha hecho muy bien muchas cosas.

Claudio Alpízar Otoya
Politólogo