Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 28 Octubre, 2010


De cal y de arena
Fronteras al desgaire

Con independencia de la deformación periodística dada a los hechos habidos en Isla Calero, lo que allí quedó desnudado es el desamparo en que están los intereses nacionales por la ausencia de vigilancia policiaca en esa vasta región donde el gobierno de Nicaragua deja ver periódicamente sus desplantes hegemónicos. Si no fuera por la denuncia de una familia cuya posesión territorial fue atropellada por quien actuaba en delegación de un proyecto del régimen de Managua, ni la Cancillería ni el Ministerio de Seguridad Pública se hubiesen dado cuenta del agravio. Días atrás, en otro punto de esa caliente frontera, Víctor Medina, ejemplar policía que cumple con sus deberes en plena soledad y sin la dotación mínima que debe haber para vigilar la línea divisoria, enfrentó solito a la pareja de narcotraficantes mexicanos que trataba de fugarse una vez destapadas sus andanzas en el mundo del narcotráfico. Resistió sus tentaciones y con su malicia indígena se las ingenió para posibilitar su captura. Pero así no puede manejarse la custodia de la frontera. Y eso lo ha de saber muy bien la Presidenta de Costa Rica, tanto porque en su hoja de servicios figuran años en el Ministerio de Seguridad Pública y en la Vicepresidencia de la República, cuanto porque es de exigir que quien se halla en situación como la suya esté debidamente enterado de lo que dicen la historia, los convenios bilaterales y las resoluciones de la Corte Internacional de Justicia. No de ahora, desde siempre Nicaragua ha dejado ver sus pretensiones hegemónicas sobre la ribera sur del río San Juan, quizá no para posesionarse de ella (aunque Edén Pastora sí lo quiera hacer en Isla Calero) pero sí para “quitar rey y poner rey”. Más recientemente dio fe de ello, hasta que aquella Corte puso a buen recaudo los derechos e intereses de Costa Rica.
Lo acontecido a propósito de este episodio de opereta —en donde Pastora demostró ser un desaforado provisto de poder— nos deja en el ridículo más grande. En todo aquel espacio geográfico la autoridad costarricense brilla por su ausencia y cuando los batallones de la desarmada, mal experimentada y bastante improvisada Guardia Civil llegaron, ya el daño sobre el humedal estaba hecho y los soldados nicas se habían retirado a sus dominios. A diferencia de nuestro caso, donde ni caminos rurales ni puestos de vigilancia hay como tampoco determinación para remover este despelote, a juzgar por la ingenuidad con que el Gobierno se ha conducido. No se trata de volver a llamar a las armas a los costarricenses, como lo hizo en otras circunstancias el presidente Mora Porras. Pero tampoco de dejar a la intemperie la Soberanía y los intereses nacionales. De factura reciente es esto del dragado del río como lo es el plan de represar sus aguas para desviarlas hacia el Pacífico; todo en daño de lo que amparó la Corte de La Haya. Pero ni la Cancillería ni Seguridad Pública tomaron las providencias debidas. Y no exclusivamente por los desvaríos de Managua; también en prevención de que el narcotráfico establezca allí un cuartel. Que no nos tomen con los pantalones abajo, ni aquellos ni estos. Ya lo dijo el presidente Picado Michalski: “Por dicha ni el presidente Mora ni sus ministros eran Boabdiles”.

Alvaro Madrigal