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Miércoles 10 Octubre, 2012

Fernando Lara Bustamante

Era octubre de 1953. Estábamos prácticamente todo el personal del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto de Costa Rica, en aquel tiempo muy reducido, en una cena de despedida al Ministro Fernando Lara Bustamante, quien terminaba su primer periodo como Canciller en la administración Otilio Ulate Blanco.
Yo escasamente tenía un mes de llegado al país y al Ministerio. Fue el propio Dn. Fernando quien me trajo. Pero lo importante de esta reunión fue el discurso que el Canciller pronunció. No fue dedicado a hacer una relación de su labor y logros. Se refirió a lo mucho que había que hacer en materia de relaciones exteriores ante el cambio experimentado por el mundo después de la Segunda Guerra Mundial y a la transformación de la Unión Panamericana en la Organización de los Estados Americanos.
No es que los Gobiernos anteriores no lo intuyeran, expresó; es que el Ministerio no está todavía capacitado ni en personal ni en facilidades para cumplir con la inmensa tarea que los conflictos surgidos a raíz de esa guerra, así como los nuevos organismos internacionales requieren. “El país, ya, necesita una carrera diplomática y ustedes deben trabajar para que se apruebe”. Pocos días después se efectuó el cambio de Poder Ejecutivo. Decidí permanecer en la Cancillería en lugar de volver a Filadelfia y tratar de hacer una carrera a pesar de los cambios de gobierno.
Para cuando Dn. Fernando retornó al Ministerio en la administración Trejos Fernández, ya contaba con tres instrumentos básicos cuya necesidad nos había indicado años antes: un Reglamento de Tareas y Funciones, una Ley Orgánica en cuyo texto, mediante un artículo, quedó establecida nuestra diplomacia como actividad profesional de carrera, y un Estatuto del Servicio Exterior de la República que estableció las primeras bases de dicha carrera, creaba el Instituto Diplomático, y las materias necesarias que un profesional requería para un buen desempeño de su misión.
Tocó a Don Fernando una época muy difícil cuando se produjo un serio incidente bélico entre Honduras y El Salvador, en donde mostró sus dotes de conciliador. Cuando finalmente la OEA designó como mediador a su ex Secretario General, Dr. José A. Mora, a mí se me recargó la Secretaría del Grupo Bilateral de Trabajo para el Dr. Mora, por lo que no tuve ocasión de prestar mi colaboración a otro de los grandes retos a que hizo frente el Canciller Lara: la realización en Costa Rica de la Conferencia Especializada Americana sobre Derechos Humanos. Su conocimiento del tema, su don de gentes y capacidad persuasiva fueron condiciones que ayudaron mucho en los enfrentamientos que se presentaron en los debates como la discusión sobre si la Convención que se redactaba podía imponer a los estados miembros de la OEA la abolición de la pena de muerte.
La característica más notable del Canciller Lara fue el conjunto de sus dotes personales: caballerosidad, firmeza de carácter, capacidad de estudio y sentido de justicia.
Ahora que se plantea un Benemeritazgo para él, sería una meritoria adición a la distinguida lista de costarricenses que han recibido tal honor.

Alvaro Antillón Salazar